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Friday, December 30, 2011

Papaíto piernas largas


Si hay un libro fundacional o iniciático en mi vida, es ese. Por tanto, es extraño que no lo tenga. Soy tan amante de los libros como de la curiosidad. Cuando quiero tener uno no paro hasta obtenerlo, ya sea porque me lo compro o porque pido/sugiero, que me lo regalen. También soy adoradora de los elementos del pasado, de los objetos viejos, antiguos, que atestiguan que hubo un ayer que de alguna manera todavía podemos tocar. Y los libros de la colección Robin Hood ya son considerados de otra época. Por tanto: ¿por qué no he cometido esos actos de nombres aberrantes como “googlear”, “wikipedear”, “mercadolibrear”, para por fin tener en mis manos el libro aquel que marcó mis días infantiles?. ¿Por qué mi gusto inmenso por el aroma a hoja gastada, seca, frágil, antigua, no me seduce hasta hacerme desesperar el olfato como tantas otras veces, menos románticas, sí lo ha hecho?. ¿Por qué no me entrego al deseo real de volver a leer esa historia?. No le temo al desencanto ni mucho menos a la nostalgia de la niñez. Los temores, en este caso, están excluidos.

¿Entonces?

Ese libro vino a mí hace por lo menos veinte años, y sé, con la misma seguridad que sabemos que amamos a alguien, que un día caminando por las calles de San Telmo, o en la casa de una amiga nueva llamada por ejemplo Clara, o en el baúl de objetos perdidos de una parroquia, o en una mesa de feria de libros a cinco pesos, o en manos de algún Natalio Ruiz en el subte, lo veré, se me presentará, aparecerá, volverá a mí, y en ese momento yo volveré a tener 11 años, y estaré acostada en mi cama de una plaza, en mi cuarto decorado con pósters de Snoopy y Bon Jovi, con mi amiga rubia recostada en “la cama que se saca de abajo”, y ambas estaremos leyendo, en silencio, entendiendo en ese instante que se puede ser amigas incluso estando calladas, que leer está bueno, que nos podemos enamorar de hombres que no existen y que el mundo es la cosa más rara y perfecta que se haya inventado.

Monday, December 19, 2011

Cielo cielito
nubes sin apuro
infantil es mi voz al evocar la calma
que esta vez sucede a una lluvia antecedida
por cartas de esperanzas
finales y principios

¿Cuánto tarda un pájaro en secar sus alas goteadas?
Han de disfrutar de la lluvia como de los recreos los niños.
La hazaña travesura de hallar el escondite
nuevo
necesario
para el instante del chaparrón
para el que nunca nos sentimos del todo preparados

Son despacitas las nubes grises
que se mudan a otros cielos.
en el fondo el celeste de la tarde irrita de anhelos las pupilas estas
que buscan algo que no sabrían definir

El juego de las formas geométricas es una burla
que me hace reír demasiado:
dos triángulos (casi) perfectos
uno celeste el otro de nube oscura
y uno más pequeño que recién ahora veo
es más deforme, creo que hasta tiene cuernos (ya no voy a mirarlo)

Un espacio de nubes planas como renglones
quién sabe haya que morir para escribir sobre ellos.
Yo haría una letra esmerada
me daría el gusto de no cometer errores
de demostrarme que puedo escribir mejor cuando no está en juego la vida
cuando por fin me hice amiga de los desaciertos.

Si llego antes a convencerme de lo que digo
es seguro que volverá a llover.
Ceno sobre tu pecho
reímos roncos por el vino
qué asco que nos daría si…
pero no
es de noche
no estamos del todo despiertos
este es el estado entre la vida y el sexo, te digo
no existe el asco aquí, contestás

Las pieles brillan
entre los pelos el helado sabe a lujuria
la combinación frío-muy caliente
el sonido de nuestros cuerpos al despegarse
sopapas somos
empalagados

Y cuando sacás
los sonidos se quejan del vacío,
de lo que ya salió

Nuestras transpiraciones son un líquido salado
recién hecho
vos a ojos cerrados
yo te enseño a tocar mi cuerpo lubricado
sucio

Grito
quiero cubrirme
cubrirte
de:
arena
pasto
agua
tierra

Acaso ya lo tengo
tenemos
todo

Todo
acaso

Tuesday, December 06, 2011


El adorno
(descripción que no es tal)

Es casi imposible que yo, Macarena de las Palabras Moraña, haga una descripción concreta y tácita de un objeto sin ninguna apreciación personal pero, por una cuestión de principios – considerando sobretodo que el ejercicio lo propuse yo – voy a intentarlo.


Se trata de un adorno de navidad cuya forma se asemeja a la de una gota o bien a la de una lágrima. Supongo que la elección dependerá del humor de quien la observe. Yo, pese al sol del día, queriendo creer que es una cuestión de raíces y herencias familiares cuando en realidad de trata de un asunto de sonoridad poética, me inclino por la palabra lágrima. Así que hablaré sobre un adorno de navidad que tiene la forma de una lágrima (grande). Podría ser una lágrima de elefante tal vez...

Supo ser dorado, ahora tiene algunas líneas descoloridas, como arañazos del tiempo. Su color dorado no pasa de moda, da la idea de fiestas importantes. Es un color que aunque no termine de gustar se termina usando siempre, más tarde que temprano.

Su peso es mínimo, se contrapone con su imagen de elemento contundente. Su liviandad se debe a que es de vidrio, como una lamparita de luz ordinaria, de uso corriente. Pero el elemento que nos ocupa lejos está de poder considerarse algo trivial. Colgando de un árbol o de unas ramas, o dentro de una canasta, tiene como misión adornar el espacio durante el último tiempo de un año y el principio del que le sigue. Cuando es colocado significa que el tiempo de celebrar ha llegado. Cuando es quitado significa que ese tiempo ha terminado. Es así como lo vivimos y lo sentimos; claro que podemos seguir disfrutando de la vida pero el tiempo salpicado de ese brillo único, culmina cuando quitamos los adornos, descolgamos los móviles, le sacamos las pilas al Papá Noel para ponérselas al pianito nuevo que recibió el más pequeño de los niños de la familia. A estos decorados tiempos los denominamos, ni más ni menos, “las fiestas”.

No puedo evitar la mención de lo que dijo Violeta, mi hija de seis años, hace unos días cuando le pregunté qué título sería bueno para un cuento navideño: “¿Qué te parece El cumpleaños de todos, mamá?”. ¿Y qué me va a parecer?: ¡todo un concepto!.

Queremos creer que ponemos los adornos por costumbre, por una cuestión cultural que nunca sabemos bien de dónde salió, que todos los años nos juramos investigar pero que al final, entre burbujas de champagne y risas infantiles, dejamos de tener en cuenta, y entonces confundimos las historias, los orígenes de los ritos, las anécdotas y, por las dudas les echamos la culpa a los americanos, a los que llamamos yanquis, con esa tendencia perezosa de generalizar que tenemos. Y nos dedicamos a la deglución de platos calóricos como el matambre, el vitel toné o, en tiempos de vacas gordas, una buena pierna de cerdo con jugo de naranja relleno con jamón, tocino y algún otro venenito impiadoso que funciona como un regalo para nuestro bendito hígado. Bebemos como cosacos, reímos como japoneses, gritamos como italianos. Pero la culpa la tienen los yanquis. Abrimos regalos, volvemos a brindar, y nos permitimos dar esos abrazos que un sábado cualquiera, por la mañana, no le damos a nuestra cuñada, a nuestro suegro o a ese vecino que viene a saludar. Después seguimos comiendo, bebiendo, abriendo regalos, contemplando las caritas de los niños que siempre son tan felices con lo que reciben. Levantamos la copa al cielo pensando en aquellos que se fueron de viaje, de gira, de excursión, esos que ya no volvemos a ver pero que están tan presentes como los que hacen chistes a un costado, o descorchan otra botella, o rompen nueces y abren turrones como si ya no hubiera sido suficiente. En algún momento cantamos y en algún otro acompañamos a los chicos a la cama y sentimos ese placer inmenso al verlos abrazados a sus nuevas y lúdicas pertenencias. Otra vez los ojos miran al cielo ahora para agradecer lo muchísimo que tenemos, y cuando estamos hablando con nuestra tía Enriqueta que murió de vieja hace doce años, a Dios gracias, nos quedamos dormidos. A las cinco de la madrugada nos levantamos mareadísimos por la ingesta de todo aquello que ya no queremos enumerar ni recordar como mínimo hasta el próximo año – mentira, mañana lo almorzaremos con la misma voracidad –. Vamos al baño a hacer un pis medio colorado por la ensalada de remolacha, y lo vemos. Está ahí, caído, debajo del arbolito, pobrecito. Su forma sigue siendo la de una lágrima, pero ahora no pensamos en eso. Quizás lo tiró alguno de los chicos, quizás se cayó en medio del fragor de abrir paquetes, quizás fuimos nosotros mismos cuando con la copa número diez hicimos ese pequeño y patético show con el chiste que empezaba con el consabido “Estaban un alemán, un sueco y un argentino…”. Ese chiste que no hace falta recordar porque es igual a tantos, y porque la única moraleja burlona que tiene es la de dejar al argentino mal parado, en el lugar del langa, del canchero, del ventajero… Y si bien no somos dignos de tirar la primera piedra, en el fondo tampoco creemos que sea para tanto, y menos un día en el que los valores humanos, mal o bien, levantaron unos puntos. La familia, los amigos, la generosidad, el respeto, el humor, la infancia… Y ahí nos damos cuenta que el adornito sirve para atestiguar todo lo que se revaloriza durante “las fiestas”. Fiesta, celebración, juerga, parranda, alegría alegría… Y cuando nuestro amor se levanta por las mismas necesidades fisiológicas que nosotros y nos ve arrodillados debajo del arbolito, con el adorno en forma de lágrima (o gota) que perteneció a un miembro emblemático de la familia y se ríe, nos burla, nos tiene que ayudar a levantarnos y cuando lo hacemos nos da un abrazo navideño, nosotros nos sentimos realmente felices, felicísimos, enormes. Por eso nos reímos, si estamos borrachos, ¿qué otra cosa podemos hacer?. Ya sé, volver a la cama, pero antes: ¡Felices fiestas mundo entero! ¡Salú!

Maca

Wednesday, October 19, 2011


Aquí y ahora, me propongo venerar la patria amplia del vocabulario de ayer y hoy. Quiero empezar diciendo que me gustan algunas palabras que empiezan con la sílaba “co”. Ejemplos: coherente, co-sanguíneo, cooperar. Me gusta decir también “zoológico”, “se cuecen habas”, y “el buey solo bien se lame”. No me gusta mucho usar las expresiones “al toque”, “a pleno”, “de una”, pero las uso, y mucho - ¿cuánto es mucho?, ¿cuántas veces al día me encuentro hablando de un modo que no me satisface? -. Tal vez muchas veces – otra vez el mucho, esa manía de establecer cantidades…- aunque sea incapaz de reconocerlo - ¿soy incapaz realmente de hacerlo o simplemente se trata de una débil resistencia? –. Creo que en el fondo - ¿cuántos fondos citamos a lo largo de la vida? – lo que me lleva a usarlas es el deseo de no pasar de moda que es una manera elegante de decir que las mujeres vivimos en el desesperado intento de ser siempre jóvenes y hermosas. Me hace ruido – otra expresión que no termina de agradarme – cuando una persona grande - ¿a qué edad una persona es grande ahora que nosotros somos grandes también? – utiliza un término juvenil con el que pretende ser “canchera”. Jugando un poco para “despuntar el vicio” – acá veo cuatro fumadores bebedores de whisky alrededor de una mesa redonda con sus cartas de truco entre las manos – podría decir “no me cabe mucho cuando un jovato se quiere hacer el que está en la pomada y manda fruta a lo loco”. No soy de la época de “la pomada”, ni de la de la gomina, pero ojo que el gel ha hecho estragos en sendas cabezas de mi generación. Volvamos a las palabras “canchero” y “canchera”; son términos que pasaron de moda, al igual que la expresión “qué hambre” o “qué embolante” que son tan lindas. Las digo y el deseo de comerme un Tuby 4 acaba con el resto de mis deseos en un abrir y cerrar de ojos – esa sí me gusta mucho, abrir y cerrar los ojos, lo automático, lo que pasa todo el tiempo, lo que hacemos sin pensar y no le hace mal a nadie -. Me gusta jugar también a abrir uno y cerrar el otro para comprobar que las perspectivas de mi mundo son por lo menos, siempre, dos. Y pensar que antes, hace poquitito – soy derrochona de diminutivos – era mi vieja la que hablaba de los términos del pasado y ahora soy yo. Eso no me hace feliz, me hace nostálgica. Recuerdo perfectamente el día en que entendí que ya podía decir “mi época”, aquel instante en el que la conciencia del paso del tiempo, del cambio de generación, se hizo tangible, un objeto con el que yo podía jugar a juegos no del todo “copantes”. La cumpu, el celu, el chat, el mail venían a hacerle pito catalán – qué gratificante me resulta siempre usar la palabra “pito” – a mi pac man – que me remite al pic nic – y al jueguito de disparar de la Texas Instruments que en casa fuimos casi los primeros en tener. En otro hermoso abrir y cerrar de ojos el colorido “Simon” se convirtió en un juego “vintage” y carísimo, mientras que Sara Key y Hello Kitty sin necesidad de ingerir flores de Bach ni hacerse bótox ni exponerse al incierto mundo de la medicina ortomolecular – debo contener el chiste fácil – volvieron al mercado renovadas, bellas, radiantes, sin brillantina sobre sus calcomanías – perdón, stickers -. Las muy turras – antes una “turra” era una puta, ahora no tanto – se tomaron unos veinte añitos de vacaciones y a su regreso, generosas ellas, y tan millonarias, nos regalaron esa tierna cachetada cursi, ese fatal cimbronazo que antes se llamaba viejazo y que ahora se apellida retro. Vayanse a la mierda, pienso, pero no lo digo, porque hay palabras que, generación más época menos, son definitivamente poco elegantes, nada femeninas y tan pero tan vulgares. De esas uso tantas al día… Me da estupor - ¿para tanto? – pensar que con mis amigas a los feos les decíamos “fetos” y a los nabos les decíamos “espásticos”. Y los chicos que nos gustaban – ni chongos ni muchachos ni pibes: chicos, a secas – estaban fuertes, eran unos potros o mataban mil. Ahora que no bailo sobre parlantes, ni uso minishorts, ni bucaneras y ni siquiera me pinto los labios, ahora que como sano, que no bebo ni fumo casi nada, me suelo agarrar lindísimos ataques al hígado una vez por mes, y tras una salida breve, sin mucho rock and roll – otra sota que se cae como al descuido – necesito por lo menos diez horas de mal sueño para no convertirme en una zombi ni ser abducida – palabra que se ha puesto de moda, ¿vieron? – por los espíritus malignos. Y si aquí me detengo es porque quiero respetar los límites de la crónica, pero me abrazo a la promesa del retorno que siempre es seductora, y me despido, simplemente, “cantando bajito” – cantando bajito me encanta, me hace pensar en un hippie verdadero con su chaleco bordado y su pelo castaño, que va arrastrando sus pies tapados por los Oxford, mejor llamados “pata de elefante”, que no se puede sacar de encima la canción que dice: “Hubo un tiempo que fue hermoso…”

Wednesday, September 28, 2011


A veces me pregunto si es posible hablar de mí como escritora, decidora, escribiente. Claro que no me refiero a la posibilidad real, esa existe siempre, en casi todo lo que uno se proponga decir. Me refiero a la posibilidad de ser objetiva y franca. Son dos cosas realmente difíciles. Franca conmigo misma, objetiva con el mundo, o al revés. Siempre juego a dar vuelta las cosas, es una maña que de ser física sería un tic. Soy buena lectora, y eso hace a la escritura, aunque no necesariamente me obliga a ser buena escritora. ¡Qué maravilla que así fuera!: me la pasaría leyendo libros para mejorar con cada uno mi manera de escribir. ¿O acaso es lo que hago?.

La escritura me fascina, no es novedad, pero lo que más me atrae de ella son sus misterios. Un día me levanto, como medialunas, camino unas cuadras, me cruzo con una ex compañera del colegio a quien decido no saludar, reflexiono sobre el paso del tiempo, me regalo jazmines, rezo queriendo creer que es sin querer, me duermo una siesta en la que sueño mil cosas que después no recuerdo… Y en algún momento la dicha que es mucha me deja sentarme a escribir. La dicha, el tiempo, la vida, Dios y algunos de mis secuaces. Y entonces le pongo pulso a una mujer que busca algo que se le perdió hace tiempo, un señalador, un arito, una pluma de pavo real. La pobre necesita encontrarlo a como dé lugar, se le hace imperioso, no importa si se trata o no de un capricho, es algo que DEBE hacer, y en eso suena el teléfono de su casa, “equivocado” grita después de escuchar la pregunta “¿panadería?”. Y se tienta de nostalgia recordando a aquella compañera del colegio que vivía en la parte de arriba de una panadería. No sabe qué le causa esa nostalgia: si el recuerdo añejo, si el paso del tiempo, si la anécdota de la rosca de pascua que ahora se le viene a caer como una moneda en la cabeza. Rosca de pascua, cuaresma, fiesta pascual, misa, las arrugas de la frente de su maestra de catequesis. Y vuelve a la amiga de la panadería: siete cuadras la separaban de su casa, le gustaba ir en bici. ¿Cuántos años la envidió?. Ella siempre tan golosa y su padre tan discriminador que no la dejaba jugar con esa nena porque pertenecía a una familia humilde. “Ahí te vino a buscar la medialuna”, le decía buscando la complicidad de sus hermanos. Qué malos, piensa ahora y de paso, ya que está, reza por ellos, pide por ellos, dice hacerlo por su salud pero en realidad ruega por su sentido común. Ahora que vive sola se venga de ellos llenando la casa de jazmines y sahumerios, porque no hay nada que odien más en esta vida pero es su casa, es su vida, y ya aprendió a defenderse de la sangre, a pararla con azúcar, a no dejarse contaminar con el sabor metálico del rencor. Ella es de las que ven a quien se le canta y enciende las cosas que se le cantan.

Y así es cómo se me van filtrando las medialunas de la mañana, el rezo, la historia, el paso del tiempo, y las ex compañeras. Y también los parentescos, y el dolor que se hace chiste para aligerar la desdicha, y esa mujer que en vez de convertirse en un personaje, se convierte en una variante de mí. Hoy no incluyo temas con los dientes ni hago que todos los personajes sean huérfanos de madre, pero solo por ahora, solo por este ratito… Todas ellas se parecen a mí, y a veces ellos también.

¿Pero qué pasa?, preguntan los lectores ávidos. Y yo pienso que de todo, pero algunos de ellos piensan que no es para tanto. Y entonces piden más. Y quiero defender esta elección de lo no dicho, de lo esbozado, de lo liviano, de pintar un fresco en las palabras. ¿Qué más bello – y difícil – que transmitir la profundidad de una mirada, una fragancia empalagosa, lo que se siente en los primeros días de una relación de amor?. Las tramas no son mi fuerte, les huyo, intento pero me suelen ganar los personajes, los sentimientos, el terreno llano, plano, espeso. Ha de ser por eso que me identifico con el campo. Las ansias de cambio de terreno también se vislumbran en lo que escribo. Si se está atento se me puede conocer. Si no, también.

Decanta descansa la conciencia en el transcurso leve de la jornada apurada. Es como una pincelada y el pincel es verde transparente. Reposa una lágrima en la página que no importa que sea blanca (me da más miedo lo negro a mí). Busca busco primera tercera la historia genuina. Le pongo el pecho a las caricias y la mejilla al enemigo. Oficio de recordar y mentir, y mentir para recordar eso que creemos que sucedió asá allá y hace tiempo. Bromista de mi propia ofensa, con mis históricas dificultades para concluir. Necesidad de ser leída y criticada. Once de la noche en el mundo de las madres equivale a cuatro de la mañana para los poetas. Debo ir a dormir, pero antes me permito este, mi inconcluso de la fecha, macabro, insulso, agridulce, una delgada línea entre el dolor de los vacíos, y las ansiedades venideras.

Wednesday, September 14, 2011

EL HOGAR

Un chiste: mi hogar no es del todo físico. Tiene que ver con este cuerpo flaco, con los dedos que miro a cada rato – abro las manos y estiro los dedos confirmando que los nudillos datan de miles y millones de años -. Traslado mi casa en la piel oscura de las ojeras, en cada nalga, sube y baja mi casa-culo. Llego a lugares buenos: los incorporo, los siento, hasta puedo acariciarlos esta vez sin precisar dedos, solo con los ojos aprehendo espacios, pero mi casa no son ellos, digo tirando el pelo larguísimo hacia atrás, liberándome de la broma de ser adulta. Mi casa está adentro, es claro (imposto la voz). Necesito llegar, acostarme, desplegarme, la cama grande, las almohadas con olor a nosotros, a él, a su cabeza pelada, y en primavera encima el sol y las flores. Pero basta con un mal olor para sentirme fuera. Basta con una pista terrenal, un enfermo, un golpe, un bebé que nace antes de tiempo, un imprevisto que como tal nunca nos da tiempo, para que me sienta afuera del afuera, para que vuelva al mundo que llevo adentro, encima, a mi lado, que es mío, y me abrace a él, a mí, calentito, adentro, propio, abrazado, placentero ahogo.

Me lleva la mente con patas a recorrer sus rincones. Paredes blancas y altas, grandes despliegues de pasto desparejo, piedras con formas de nubes, tanta montaña. No es frecuente el escenario de la playa. Las habitaciones justas, espacios necesarios, siempre amables y excesivamente decorados con objetos sin sentido. Haberme ido tanto – vueltas, regresos, despedidas – me construyó por dentro el espacio-casa. Por eso, cuando no entro en mí, cuando ningún lado me contiene, se me hincha la panza, o me pongo a llorar cuando todos me creen alegre, cuando yo misma creo estarlo.

Mi sitio no comprende mis mañas, mis excesos de lapiceras y cuadernos, mi generosidad, mi imposibilidad de manipular el tiempo, de seducirlo, ponerlo de mi lado, convencerlo de esperar. Mi sitio adhiere al gusto por el secreto de los abrazos como también disfruta del culto a la palabra. La palabra es mi casa. Esa es mi casa la palabra. Tanto que hay habitaciones en las que el estudio de la caligrafía es primordial y los objetos son tan mullidos que disipan náuseas y rencores. ¿Cuántos libros llevo conmigo?, ¿y cuántas bombachas?. El por qué de la cantidad de cremas, perfumes, aros, collares y enumeraciones, lo dejo librado al azar de la inconsciencia y la vanidad.

Hoy se resume en entender que la misma casa me habita desde hace treinta y cuatro años. Entenderme casa, cuerpo de hogar, tomarme el trabajo de limpiar con agua o vino tinto los tubitos de nombres tan absurdos como los de las plantas. Macapolulos Tulipanilis. Por una vez mi apellido no tendrá Ñ. Esa Ñ que se supone aclara la distinción de una historia que no se puede explicar. Hoy ni sí ni no ni Ángela ni Violeta. Ser en mi casa de hijos y amantes, en aquellos sueños de San Telmo, en mi infancia Florida, y el logro-familia-equipo de Martínez diagonal, alejado pero no, barrio-nuestro de cuatro más dos gatas. Para qué los nombres, las clasificaciones, los números, qué dirección, qué código postal, qué risa. Me río de mí, de mi hogar me río, y me empaco, me lleno, me vacío, para salir. Para mudarme.

Monday, September 12, 2011

Si yo tuviera una de esas, mis lágrimas serían más livianas, más ágiles, y recorrerían otros caminos sobre mis mejillas, inspeccionarían otros huecos, algunos nuevos poros. Espacios diferentes, menos comunes, más originales. Mi rostro compondría otro mapa, uno más sincero, más hallable, menos engañoso. Porque hay días en los que soy buena y lloro poco, además. Hay días en los que no sé por dónde ir, a quién preguntarle cuál es el centro, el eje, la capital, el que manda, lo que dirige, cuánto sale. Las dudas me pesan de cualquier forma: en la mochila, en el cinturón que dejé de usar hace ya unos tiempos, en el pasto sobre el que me tiro a pensar en mis más privados sinsentidos…

Perdida es un nombre que se acerca al de huérfana, o al de sola, pero que no los acompaña porque no sabe ni quiere, porque es Perdida y no es Compañera. Sola ando con todo eso que algunos llaman “lo demás”. Llorona y triste soy sin ella, sin la que me falta, y la gente podría decir “ahí va la llorona”, pero la gente no dice nunca lo que diría. Se ponen en sus gestos remanidos y miran, ay cuánto me miran, y desde sus ojos grandes y esas bocas herméticas hacen el gesto de compasión que todos sabemos hacer tan bien. La compasión es sencilla de encontrar, esa sí que me sé dónde queda… Pero la compasión tampoco sabe dónde está ella, la que no encuentro, la que dicen que no va a volver. ¿Por qué los vivos creen saberlo todo sobre la muerte?, ¿no advierten el contrasentido?, ¿qué es más real, vivir o morir, estar o desaparecer?. Y yo que llevo este mapa cada vez más agujereado… Quiero colgar fotos en mis párpados, agujerear el fondo, la parte de arriba, el hueco del atrás, pero mis párpados se cierran rogándome una piedad que ignoran que es una de mis religiones.

Mi espalda siente la pared caer, la pared irreal como todas las paredes, y entonces el cielo inmenso de cartón celeste, imposible, disfrazado en su quietud perenne, innata, en las pocas palabras de dos “n” que conozco. Una vez más el abrazo al cuerpo propio que añora, infame, abrazo, nostalgia feroz que desconoce los caminos, que se ríe de los milagros y se mofa de los encuentros como brotes, como respuestas, como mundos paralelos.

Pena de cerrar la página, de dejar de hablar de mí y de nosotras.
Pena por dejar que mis ojos siempre sean tan mojados.

Monday, August 22, 2011

Y así, entre llantos de Ángela y ansiedades de Violeta continúo llenando cuadernos, escribiendo una vida que se llena de momentos, que hecha de vacío se llena, o se vacía de silencio y se empecina en colmarse de información y pensamientos que bajan a mi alma que es mi mano vestidos de sensaciones exóticas. A veces el camino es inverso y menos ambicioso. Da lo mismo.

Lo que importa es salir de la opresión y el sarcasmo de la ciudad y las rutinas. Burlarse de todo lo que pincha y lastima cuando el ánimo es bueno. Vengarse cuando el cuerpo lo exige. Amar cuando la piel se eriza por los recuerdos pasados y por los futuros que algunos llaman fantasías y descreen de su veracidad. Allá ellos…

Adoro reírme de las caras que pongo. Sacarme fotos y sentirme linda pese a las arrugas y las canas. El sol cuando quiere ayuda y cuando no, se pone en su papel de astro delator y no hay quien lo pare… Entonces, esperar la luna con un vaso de vino es lo indicado. Vino y silencio, o música que se parezca al amor. Y entonces charlar y reírse de los que están equivocados. Festejar la propia inteligencia, ser vanidoso, extremadamente ególatra. Si no lo hacemos puertas adentro nadie va a defendernos al salir. El mundo es hostil e inabarcable. Desde la formación del planeta hasta la soledad son muchas las etapas. Hasta hoy con nuestra cueva, nuestro tamaño, la herencia, las costumbres, la historia. Demasiado si la idea es ser feliz. Entonces el dejar atrás, el saltear escombros, el construir nuestra propia atmósfera oxigenada y nueva, el mundo propio, la individualidad, el gusto, un sonido para la risa, otro para el dolor, y el medio de expresión. Este para mí. Y ningún otro. Este… Y hasta mañana.

Wednesday, July 13, 2011

Él viaja en tren recordando su premiación. Hace pocos días su cuerpo atravesó fronteras y subió escalones. Su alma le imitó a la perfección los movimientos ascendentes. Todavía siente la música de los aplausos, el placer de escuchar su nombre amplificado, la impresión al tocar ese diploma de marco dorado. Y ella entre la gente, con su carita pícara y auspiciosa, con ese gesto que daba lugar a las fantasías, que le avisaba que no había terminado para él la premiación.

Llega a Retiro y se ve obligado a abrir los ojos, a dejar de recordar, a ponerse atento, en guardia, nervioso. No sabe si es mejor o peor que haya poca gente, que sea sábado, que haga tanto frío. Camina con las manos en los bolsillos. Afuera hay chorros, putas, policías, taxistas, luces, autos, kioskeros, pero ella no. Ella quedó allá, en Madrid, ciudad tan hermosa como traidora. Y él se siente chiquito, diminuto, afiebrado, argentino y solo. No único. No especial. Solo.
La literatura es una de las formas del escapismo. Un juego tramposo. Una ciencia artística que las palabras no pueden llegar a describir. Es mujer, es alta – por eso empieza con L -. Adoraría escribir más sobre ella, en un ambiente cerrado con olor a eucalipto, desde el cual el viento se escuchase como si un gigante silbara enojado, amenazante. El viento, según el ánimo – de ella – puede ser su mejor amigo.

La literatura es una pasión, pero también un chiste atemporal, anacrónico. Carece de horas. Su transcurso no se mide, se siente. Es amiga del amor, a veces hermana, pero tiene acuerdos con todos: la culpa, el dolor, el agua, el cielo, el todo, la nada. Le molesta ser maltratada como toda entidad femenina, es sensible a la hostilidad y tanto más a los hombres. Por eso son pocos los de espaldas anchas y brazos fuertes que se atreven a tomarla sin volverse locos. Más bien se le animan los barbudos, los fumadores, los retraídos. No se ven necesariamente mal, algunos hasta son guapos, pero es inevitable que su aspecto y su mirada denoten que andan por otro espacio, descifrando otras realidades que no siempre se ajustan o ensamblan con lo que pasa en la tierra. Ellos andan por arriba, altos.

En el caso de las mujeres el peligro reside en que se vuelvan feas. Fruncen el seño, achinan los ojos, piensan demasiado, se dejan invadir por las obsesiones más variadas y terribles. Por mucho que lo intenten rara vez logran amalgamar los quehaceres domésticos y la maternidad con ella… Madre superior, poderosa y exigente, de origen artístico y violento. Ella la que abraza lindo y ahorca fuerte, la que vibra en una danza que va del pecho a la mano, de las lágrimas al infinito. Paradójicamente tiene más hijos que el mismísimo Dios. Los encuentra perdidos u ordenados, con resfríos y sueños, sucesos, hambre. Los rescata, los convierte en reales vengan de donde vengan.

Ella puede tallar almas, cambiar voces, erradicar prejuicios, venerar la maldad o la lujuria. Palpita a la espera de que sus presas la reinventen. Ellos no la eligen, simplemente no podrían hacer otra cosa. Por eso no es extraño encontrarlos, sean hombres o mujeres, abstemios o borrachos, abrazados a una cintura que no se ve, derramando carcajadas que suenan como aplausos o llantos de bebés.

Saturday, June 18, 2011

Con unas ganas de llorar imposibles – imposibles por cantidad – anhelo una vida sin sobresaltos, pasearme por el mundo pensando en lo que quiero decir acerca de él… Cuánto me gustaría… No dejo de preguntarme si es posible aun sabiendo que cuando lo logre tendré que poner en aviso a todos los no oyentes acerca de mi próximo deseo inabarcable y pretencioso. Ya no puedo detener los dedos, la cabeza, la pena. Avanzo para no llorar y comprobar que nadie va a abrazarme. Ya no debería ser novedad que estamos solos y sin embargo no deja de sorprenderme. Vivimos entre tantos otros que podría ser diferente pero no lo es. Destino de ausencias el mío. Me tienta agregar la palabra supongo. Me rasco los ojos tristes, me pican como pica el dolor por las fechas, por los días de, y por todo eso en lo que quisiera no creer. Deseo instantáneo: comprarme libros y tener fuerza en los párpados para pasarme la noche leyéndolos. Una calma, tres cuartos de placebo, cientos de miles de por favor que nadie va a agradecer.

Monday, June 13, 2011

baila mi mente atrás
acción nostálgica
justa respiración
alma regula cuerpo
intento paro permito

dos tiempos:
1. abrazo
2. abrazo

vertiginoso avance
paso cansino apropiado

casa pared cielo
repetición
árbol ramas marrón
¿detrás, arriba, siempre?
(¿dónde?)

no veo, no se ven, no los vemos
injusto triste gris

vuelo abro planeo no caigo
móvil alado copas otoño
huidiza, con miedo, ya sin sol es tarde
frío muerte ausencia

ahora ella su turno en mi
alta y tenue era tan mía
favoritismo preferencia mutua
sí baila es su foto
femeninas manos forman círculo
pelo intacto oscila burla
¿duda, ya sabe que pierde?
(¿teme?)

(…quien pudiera traerse aquellas horas como si fueran margaritas radiantes…)

aminora mi paso llorar la foto
imagen sin tiempo
viva trascendente feroz
verla feliz soñarla
mi nombre de hija
regreso imposible

nosotras nuestro viento
espacio dos sueños reencuentros
se apaga vela fulgor ritual
imploro rezo mamá

Friday, May 20, 2011

Todos los días

Quiero creer en mí, en el decantamiento de mi transcurso creativo, en lo que tengo para decir, aunque dude, aunque tema, aunque me pregunte a diario si lo que hago es bueno o vale la pena. A mi me vale la pena, y la dicha, las dudas, el miedo, el silencio, el mate. Yo me valgo, me alcanzo y quiero que me alcancen - ¡corran!-. Yo me siento a escribir una cosa y me sale otra. Yo elijo cuadernos y exijo amor. Yo juego con muñecas y hago cosquillas y corto las uñas y apoyo el hielo sobre el chichón. Yo indago, me someto a exploraciones, sufro y lloro por lo que se estanca o por lo que queda en el camino. Yo pienso, canto, sueño, y me perfumo para olerme a escondidas del mundo grande y del pequeño. Del de afuera y del que tengo siempre a la mano, entre la nostalgia, la orfandad y el deseo. Si supiera tocar la guitarra, hoy mi canción sería hermosa.
Todos los días nacemos un poco más.

Wednesday, May 11, 2011

Un día no vamos a estar más acá, en donde estamos. Quién sabe si tendremos o no vista para este lado. Quién sabe si eso finalmente sería un privilegio o un castigo. Creo que la única certeza real que tenemos es la de que un día vamos a morirnos. Tal vez vivir sea el arte de todavía no morir. En el medio disfrutamos, gritamos, comemos, crecemos, damos besos, aguantamos, tenemos hijos. En el medio todo. Entre la vida y la muerte piloteamos un transcurso que queremos creer nuestro. Un transcurso de ilusiones y plena incredulidad.

Monday, May 02, 2011

Tenía veinte años cuando conocí a “El Santo”. En su pueblo existía la costumbre de ponerles a los recién nacidos el nombre del santo al que ese día se veneraba, según el calendario. Santa Clara, San Enrique, San Cirilo. Pero su madre, mujer de armas tomar a quien añoraba con el alma y citaba en cada uno de sus relatos, se negó a hacer semejante cosa. Encima él nació el día de San Domingo, y la mujer por nada del mundo quiso darle a su hijo el nombre de un día que consideraba tan triste. Entonces sobornó a un enfermero con algunas pocas monedas, y le pidió que fuera a anotar al niño con el nombre de Santo, porque para ella no se trataba de un santo más, de una réplica de otro ni nada por el estilo. Para ella, el suyo, su hijo, era El Santo por excelencia.

El Santo dejó su pueblo tras la muerte de su madre, cuando ya tenía veinte años. En muy poco tiempo levantó su bar en el barrio de Avellaneda, cerca de la cancha de Racing. El viento que siempre sopló a su favor y esa enorme e incomparable voluntad de trabajo, los convirtieron a él y a su bar, en dos eslabones míticos de una ciudad contaminada de falsas promesas y libertades. Yo lo conocí una tarde de lluvia, de esas que me encantan, en la que como siempre no tenía ni paraguas ni deseos de volver a mi casa. Esa primera vez, El Santo hizo una de las cosas que lo convertían en un ser diferente y encantador: me trajo lo que él consideró que mejor me vendría. El café con licor de caramelo y canela me volvió a la vida feliz en el tiempo de un parpadeo. Antes de irme, El Santo me honró con sentarse a mi mesa, acción que repetiría en cada visita, unos diez minutos antes de que dejara su lugar. Ese día, ese primer día, me contó el secreto de su bar. Era un espacio mágico. Según él, cada vez que uno salía de allí, se llevaba consigo una certeza, una revelación, una verdad. Le pregunté si entonces tenía que pedir un deseo pero, supongo que por no hacerme sentir una estúpida, no me contestó. Me miró a los ojos y sentenció de un modo amable aunque firme algo que jamás voy a olvidar “Vos no necesitás pedir deseos, porque vos sos el deseo”. Lo que más me sorprendió no fue lo que me dijo sino que su mirada no parecía esconder esa lascivia que yo solía percibir en casi todos los hombres que se detenían a observarme por aquellos tiempos.

Volví siempre que pude, con libros, novios, alguna amiga, con mi boina, con o sin maquillaje, siempre perfumada. Una de esas veces le conté que me había enamorado y le aclaré que esa vez era en serio, mucho más en serio que todas las anteriores. El Santo no se reía, hacía algo parecido, pero no se reía. Ladeaba la boca, inclinaba un poco la cabeza, y clavaba sus pupilas en las mías. Las suyas, sin dudas, sabían siempre algo más. Era tan fuerte lo que provocaba su miraba que ahora, cada vez que lo recuerdo, no puedo evitar temblar un poco. “¿Qué pasa, estás celoso?”, lo provoqué chupando lentamente mis labios. Él se quedó mudo por un instante hasta que arrojó una nueva sentencia: “Vas a enamorarte muchas veces, vas a tener muchos novios, y siempre serás inolvidable”. Sonreí satisfecha conteniendo el impulso de pararme para aplaudir y el de abalanzarme a su cuello para ya no soltarlo. Pero El Santo seguía mirándome fijo, al punto de que empezaba a provocarme miedo. Casi sin dejar de mirarme se paró, fue hasta la barra y sirvió dos vasos de ginebra; era la primera vez que compartiríamos un trago. “¿Qué pasa entonces?”, le pregunté casi llorando. “Solamente una vez, cuando todo en tu vida ocupe el lugar deseado, vas a ser olvidada por un hombre”. “Eso es mentira, es imposible”, le dije, y empecé a gritar y dar patadas ridículas en el piso de madera. “¿Quién va a olvidarme a mí?, ¿quién es ese ingrato, ese idiota que va a osar olvidar a una mujer como yo?”. Pero El Santo no contestó ni me alcanzó servilletas para secar mis lágrimas. Bebimos la ginebra juntos, al mismo tiempo, y fue ahí que supe que esas verdades y certezas que su mágico bar prometía, no tenían porque ser buenas o agradables. Me quedé hasta la hora del cierre abrazada a la botella, dando un espectáculo de lo más patético. El Santo, conmovido por mi anticipado y absurdo dolor, en un momento me dijo algo así como “va a ser lo mejor, ya vas a ver”, pero el desconsuelo ya estaba en mí. “Vos no entendés, Santo, hay algo que por sabios que sean, los hombres jamás van a entender. Basta con que uno solo nos olvide para que el maleficio quede hecho. Las mujeres, aunque no amemos, queremos que nos amen para siempre”. Y entonces El Santo, por primera vez, bajó su cabeza, cerró los ojos, y asintió. Nunca me había dado la daba razón en algo, y si bien lo hizo como quien le tira pan a una paloma hambrienta, yo lo valoré como un gran tesoro. Pero ya había sucedido todo lo que podía suceder. Ahora solo restaba soltar la botella, y salir tomada del brazo del inmenso poder del narcisismo femenino que nunca, pase lo que pase, nos deja caer.

Cada tanto se me da por pensar en el bar y en la veracidad de su magia, y siempre elijo seguir creyendo en ella, aunque El Santo a veces pudiera equivocarse ya que, en definitiva, era un hombre casi igual a todos los demás.

Esa fue la última vez que visité su bar y también, que bebí ginebra.

Sunday, May 01, 2011


Domingo otoñal en el que es evidente que las hojas amarillas se burlan de mi negación a barrer la vereda que, orgullosa digo, sigue intacta. Jamás barreré la vereda ni plancharé. Son mis pequeñas y miserables banderas domésticas que equilibran la desdicha de no haber nacido princesa.

Hoy es primero de mayo, día del trabajador. Hace frío y Diego revuelve un puchero que huele exquisitamente. Violeta lee una historieta de Ásterix, y Ángela se jacta de usar “pompacha” y/o “bobacha”, y por tanto, ser “genia”. Todo parece estar decantado, en paz. Los días turbulentos de los que venimos dejaron sus consecuencias, sus señales: dolores, achaques, tanto pero tanto cansancio y por qué no, dolor… Pero confío en que ya está, que al menos hoy voy a llegar arriba, a mi estudio – ¡con estufa encendida! -, me voy a sentar a escribir y que nada malo va a suceder. Que incluso voy a poder darle forma a mis ideas, preparar las clases y sentirme linda. Todo por el mismo precio, en el mismo silencio, durante este primero de mayo.

Desde ya que el hecho de que las condiciones se hayan dado con esta majestuosidad no borra la sensación maldita de sentirme el burro que persigue la zanahoria que siempre está algo más arriba de mi hocico – precioso por cierto – pero ayuda. Un clima conmovedor, un olor inmenso, abarcador, la buena salud, son el más contenedor y alentador escenario. Miro hacia fuera confiando en que el viento otoñal va a empujarme en nombre de mis deseos.

Lo bueno es que todos están avisados, así que si ven por ahí a un burro con ojos melancólicos de color indefinido, poseedor de unos dientes enormes y separados, que se deja llevar cual hoja por las calles de una Buenos Aires que ya no tolera, por favor cédanle el paso, sóplenlo, díganle una palabra de aliento y por nada del mundo, por muy tentados que vivamos a lo indebido, le pongan el pie ni agreguen bultos a su carga ni intenten detenerlo. Está yendo a un lugar en el que cree va a estar mejor, un sitio en el que la consagración interna, privada, secreta, lo convertirán en un mejor burro, en uno más sabio y completo, en un burro con coronita.

Friday, April 22, 2011

Conozco el espacio paralelo al mundo al que quiero ir, irme, irme ya. Lo conozco bien o puedo intuirlo a la perfección, que para el caso rinde lo mismo. Y eso que no es siempre un sitio igual, si es que así lo puedo llamar. Nunca tiene la misma forma y las muchas veces que lo visité comprobé que, como todo espacio mágico, es tan amante de la broma de acercarse y alejarse según los ritmos, las miradas y la tan variable necesidad, como es amante en su estado puro. Amante de los que dan amor, amante de los que aman, como esas mujeres de películas románticas que se ponen vestidos negros y una flor en la muñeca, y sonríen perfecto, con dientes perfectos, tan bellas.

La atmósfera ansiada no tiene en todo este mundo un lugar fijo, ella también baila, rueda, gira, como la luna, la tierra, el sol, como los grandes... Tampoco es siempre del mismo color ni huele del mismo modo. Pero hoy las entradas desde la boletería gritan con una burlona voz “estamos agotadas, estamos agotadas”. De llevar a cabo el viaje sé muy bien que se promete incierto y peligroso, con sombras negras que aparecen y ríen fuerte como las brujas. Pero mi nombre primero y único, mi nombre de mujer hermosa, me ayuda – siempre – a ser tan tenaz como un toro. Y salgo al ruedo, a que me claven espadas y se diviertan conmigo. Si les sirve para sentirse poderosos, que lo disfruten, pues. A mí, la ilusión de sacar la cabeza por la ventanilla durante una larga travesía ventosa me mantiene en pie. No me dejo caer, ya me sé miles de trucos. Si con apenas un chasquido de mis dedos puedo hacerme perra, y echarme a dormir en el camino, delante de las montañas, sin temor ni deseos de que me pisen. Disfruto tanto chupar un hueso como jadear con la lengua afuera, es mi muestra de mayor felicidad, superior a cualquier orgasmo. También allí, en ese tiempo-estado, me es sencillo curvar la espalda, cerrar los ojos y convertirme en sirena de tierra, de hamaca, en una sirena simple y descansada, sin ojeras, con cuentos y siestas. Soy una presa adorable de irrealidades y pelo largo. Aquí o allá pelos siempre tengo.

Allí, el truco de mover la nariz funciona mejor que nunca para oler a fondo el pasto recién cortado, la lavanda, los jazmines, la albahaca, mis olores silvestres tan favoritos como genuinos. Y por ahí, sh, entre los árboles, sh, percibo otro… Es olor a varón, no hay dudas, y me chista. Inmediatamente abro los ojos tentados que insisten con volver a cerrarse y perderse y quién sabe qué más... Pero no: los abro, no llevé suficiente desnudez en mi valija. Miro las paredes que me aíslan, que hacen de refugio de una ciudad que no me cuida, que me sugiere despedidas una y otra vez, y todo vuelve a darme bronca. “Tenés que dejar, ceder, posponer”. Es triste comprobar que cuando vuelvo a cerrar los ojos, ya no puedo volver allá. Ni comiendo papas fritas o chocolate con menta puedo. Entonces elijo el agua que en casa tiene cuerpo de lluvia, y salgo del baño chorreando por lo perdido, y me apuro a agarrar al menos ese instante mortal que es la duermevela. Por él me dejo acariciar, a él me entrego haciéndome a la seducción, porque él también tiene olor a varón, y ese olor ¡cómo me gusta!. Me hace volver a esa una mujer que encuentra llaves y pasajes sin estirar si quiera uno de sus dedos largos, una de esas garras que jamás disfrazó con colores. Ellas, mis garritas, responden encantadas, gentiles, afables, sobre la zona caliente y generosa. Y así es como de a poco el juego se convierte en el lugar ansiado y tras un chispazo, una grata compañía me abraza, me contiene, me hace regalos: una nube con forma de nube, cerveza para mi piel bronceada y caliente, algunas letras de caligrafía perfecta a las que no les importar formar palabras, café con canela sobre la alfombra de lana y por último, un espectáculo de amor. De amor, amor y más amor con el que termino llorando y riendo por eso de que pelos y lágrimas siempre tengo, en todos los bolsillos y carteras, sin distinción de pantalones o polleras.

Ya en la gloria rezo agradeciendo que allí no haga faltar ausentarse, retar, escapar, faltar, lavar los pisos con vinagre o dar remedios espantosos. Con los ojos bien abiertos doy un paso seguido de otro, y distingo detrás de una arcada de flores blancas una mesa en la que sirvieron una cena para mí. Solo para mí. El plato principal es mi mejor secreto. El postre es de un dulzor incomparable pero justo, que no empalaga. Acá es fácil caminar sobre la cuerda floja, acá lo difícil es caer. Me alimento recordando especiales momentos de mi vida. Nada tengo que hacer cuando termino, de repente un camisón cubre mi cuerpo y estoy acostada, formando un hueco en medio de una cama mullida, de respaldo de madera y acolchado gordísimo al que le gusta abrigarme. Son mías y solo mías esas seis almohadas, y ese aroma a vainilla, y esas ventanas por las que puedo ver pasto y árboles. Igual duermo sola porque lo mejor de este lugar es que aquí la orfandad no me pesa ni me persigue. La soledad y el descanso me abrazan fuerte, seguros de mí, porque ellos confían en que voy a llegar a los lugares que pretendo. Al fin y al cabo, me susurran, todos los sueños cumplidos se parecen un poco a la muerte. Entonces entiendo algo que no entendía, y puedo ver cómo el miedo se convierte en un condimento ideal para ese desayuno que, por la mañana, alguien dejará al borde de mi cama, con una nota con mi nombre:
Macarena

Friday, April 01, 2011

es hoy…

un sol pequeño
de enormes secretos

abraza
excita
conmueve

quema
quema
quema

sol decidido
largo
ventoso
sin mar
con olas

ilumina
el brillo de esta piel
almibara
el modo en el que ven mis ojos
ríe
siempre mis pies desnudos

juega
imita la forma de mi cadera
inventa
nuevos contornos de lo que soy

encanta
brilla
late
calla

es mañana…

Sunday, March 20, 2011

Él le quita el agua a la pelopincho, ya es hora de vaciarla, limpiarla y guardarla hasta el próximo verano. Y entonces yo me pregunto por qué no podemos hacer lo mismo con tantas otras cosas. Por qué no tenemos la posibilidad de guardar, por ejemplo, los malestares con respecto a la falta de dinero en esa caja vacía que, justamente, teníamos intenciones de llenar con esos billetes que nunca llegan o que se van antes de que podamos acercarlos a nuestra falsa alcancía. Por qué no podemos guardar en ese cuartucho todas las averías físicas que el tiempo nos viene regalando, así las grietas, marcas y rollitos se detienen en el tiempo, no avanzan, se guardan, hasta que lleguen los días lindos y no nos moleste tanto salir a caminar, o hacer algo de ejercicio, o comer ensalada. Por qué no podemos guardar la pena que nos provoca la vejez de nuestros antecesores, frenarla para no tener que convivir con ella durante el otoño y el invierno que siempre es tan hostil con la tristeza. ¿Por qué no podemos disponer más que de objetos inanimados?, ¿por qué no podemos esconder, detener y/o estacionar todo aquello que nos hace mal, que nos envejece, que nos deteriora de algún modo.

En lo personal desarmar los escenarios que dan cuenta de las estaciones, festejos y finales, me llena de nostalgia el cuerpo entero, hasta hacerme temblar. Es una nostalgia sólida, nada líquida ni frágil sino firme como el tronco del árbol de navidad, los parantes de la pelopincho, los manteles de hule que saco en cada cumpleaños. Son los manteles que usaba mi mamá para los míos. Ellos ya conocen varios cuartuchos y recovecos, ya han sido escondidos en varios espacios y cajones de varias casas en tantos inviernos, veranos y primaveras. Son fieles testigos de las vidas que a veces me parece que se nos adelantan, que nos pisan la cabeza, que nos ganan. Ellos, pese a su condición de objetos, pueden burlarse de los cambios, desaparecer y volver a escena como si nada hubiera ocurrido, ostentando una nueva mancha de incierta procedencia, o un agujerito a estrenar, o un tajo inexplicable. Mi madre le hacía burla al hule y a su consistencia pegajosa y los cocía porque ella era de las que remendaban todo. Yo no, yo me he convertido a la aceptación de los transcursos, deterioros y manchones. No quiero aprender a coser ni a bordar. Y cuando empiezan los calores y saco la pileta, y el arbolito y sus horribles borlas brillantes que nada tienen que ver con la celebración, o cuando descubro las nuevas averías de los históricos manteles o cuando siempre en contra de mi voluntad me dispongo a encender la estufa, en vez de ponerme a llorar o tirarme del pelo, he instaurado un sistema de consuelo que me viene salvando de la desesperación: me creo mi propio cuartucho. No hacen falta paredes, basta con cerrar los ojos y abrazarse las rodillas. Yo me lo lleno de pavadas que me hacen feliz: el frasco de mi perfume favorito, una foto con mi abuelo, algunos dibujos de mis hijas, un libro amado, Fortunato (mi muñeco de la suerte) y alguno de mis textos. Y me desnudo, sin importar el frío o el calor, el clima se convierte en una sutileza. Así que me encierro sin ropa pero con mi alianza. Con mi cuerpo y a la luz de una velita pequeña y blanca reposo hecha un bollito, rodeada de elementos que me podrán sobrevivir y que el día en el que yo no esté ni vestida ni desnuda ni escondida en ninguna parte, servirán para contarle a los demás que una vez tuvieron una dueña que invertía gran parte de su vida pensando estrategias que impidieran que su días fueran banales, tristes o carentes de imaginación.

Él después de cerrar a presión la puerta del cuartucho – cuánto guardamos… – se me acerca con dos copas de vino en la mano, se sienta a mi lado haciendo que uno de sus hombros toque uno de los míos. Nos pegamos, nos amuchamos, nos comprimimos y brindamos pensando en el otoño, mirándonos a los ojos, sabiéndonos satisfechos, únicos, dueños de nuestro rincón secreto.

Tuesday, March 15, 2011

dormir de noche...

Después de leerles algunos muchos cuentos logro que se duerman mis dos hijas de cinco y dos añitos, respectivamente. Contemplo embelesada su plácido descanso, y me retiro a mis aposentos, a compartir el lecho con mi amado esposo. A los diez minutos la más pequeña llora, mi marido la trae, la deposita en el medio de la cama, y volvemos al sueño. Al rato aparece la mayor, entonces considero prudente llevar a la otra a su cama, ya que la nueva suele atravesarse a la altura de las cabezas, también en medio del matrimonio, los supuestos dueños de la cama, para pegarnos sendas patadas en pómulos, ojos y nucas. Tras recibir una de estas demostraciones, me despierto algo más sobresaltada, creyendo que fue el ladrón con el que estaba soñando, pero no, fue mi hija, que en la oscuridad me cuesta distinguir si es la más grande o la más pequeña. Es la grande, porque el llanto agudo que proviene de la habitación continua es la de la otra, de la chiquita. Entonces me levanto y la busco. Llora con los ojos cerrados, está teniendo una pesadilla, me acuesto a su lado, en su camita que es la de abajo y que ella tanto disfruta abarcar. Me quita la manta, la almohada y la posibilidad de por lo menos ocupar ese brevísimo espacio que me toca con una posición normal ya que pone sus dos manitas sobre mi cara, y al más mínimo atisbo de movimiento, me vuelve a agarrar con más fuerza, como si fuera un pulpo. Pese a todo estoy tan cansada que me quedo dormida con una pierna colgando hacia fuera, con la cabeza sujeta por esas garritas que de inocentes nada, y con la cintura gestando alguna contractura con la que tiene pensado sorprenderme en la mañana. Pero para eso falta mucho, la mañana aún es una utopía. En eso, un fantasma de pelos revueltos y camisón, prenda siniestra por excelencia, me genera un miedo súbito. Atontada no puedo distinguir si se trata de mi hija o de un monstruo, y en medio de la confusión me paro en la cama olvidando que dado que es la de abajo no podré más que golpearme la cabeza. Mi hija sacándose los pelos de la cara sentencia “Tengo miedo”. “¿Y yo, qué te pensás que tengo?”, le grito, y con eso solo consigo que la otra, la más chiquita, se despierte. Es sabido que no es bueno expresar sentimientos profundos durante las tempestades nocturnas, pero hay cosas que no terminamos de aprender jamás… Vamos arrastrando los pies hasta la cama grande. Dicha cama está completamente ocupada por mi marido que la abarca de norte a sur y de este a oeste. La chiquita no duda, ella es de las que avanzan sin tener en cuenta la oscuridad, las necesidades ajenas, ni ninguna otra niñería semejante. Se sube a la cama, y con una caricia dulce aunque firme, susurra en su media lengua “coete, papá”. El padre, automatizado, dormido, zombi, lo hace sin chistar mientras que las dos niñitas inocentes se apuran a sacarme ventaja para ocupar cómodamente sus lugares. ¿Y mi lugar ha muerto?, me pregunto sin ánimos de contestar. De querer unirme al equipo familiar, debo conformarme con una esquina en la que no hay nada: ni sábanas ni almohada ni posibilidad de dormir. Así que decido irme al otro cuarto, y hasta saboreo la idea de la soledad, del cuarto propio, de una buenas horas de sueño en el silencio de la noche cuando un “Mami, quedate”, me detiene. Esto me pasa por haberles demostrado tanto amor. Creo que estoy arrepentida de todo, ya no tengo ni siquiera ganas de dormir, ni mucho menos esos locos-locos sueños de ser una mujer casi normal, ni tampoco aquellas aspiraciones intelectuales, ni sed, ni ganas de hacer pis… ¿Es que ya no tengo nada?. Me arrodillo al costado de la cama, tomo su manita, y le canto bien bajito canciones infantiles tiernas llenas de candor. Todo lo que ya no tengo ni volveré a tener. Me quedo dormida en esa posición que a Dios gracias dura poco porque ahora es mi marido el que me despierta con sus ronquidos. No sé si ahogarlo con la almohada o darle un abrazo, la dicotomía matrimonial de siempre... Decido no acercarme, ni a él ni a ellas, y me voy caminando en puntas de pie al cuarto infantil. No me arriesgo ni siquiera a entrar al baño por miedo a que el sonido del chorrito despierte a alguno de esos seres que empiezan a parecerme por lo menos, ingratos. Pensando en la posibilísima aparición de alguna de las niñas, decido acostarme en la cama de arriba, desde su perspectiva visual es probable que no me vean, me regodeo tres segundos con mi inteligencia hasta que me duermo. Sueño: me convierto en cama, mi espalda está hecha de listones de madera, mis pies son dos estalactitas, estoy sola en el mundo, nadie me quiere, el ladrón entró a la casa con intenciones de robarme pero cuando le diga que no tengo nada, que ni siquiera conservo la posibilidad del dormir, va a matarme de un tiro en la frente. “¡No me mates, por favor!”, quiero gritar, pero no me sale la voz y entonces lloro, me pongo a llorar, eso siempre puedo. Tengo miedo, mucho miedo: me despierto. Me cuesta entender la altura, pero menos comprendo la soledad y esa burlona claridad que se asoma entre las rendijas de la ventana. ¿Está amaneciendo, cómo puede ser?. El miedo a que sea tarde me llena de angustia y entonces me bajo de la cama y… Me olvidé que estaba en la cama de arriba. En el viaje me golpeo con todo lo que hay en el camino por tanto la llegada al piso es casi un alivio. Desde allí miro el techo, me toco las piernas, intento comprobar que las cosas están más o menos donde suelen estar. Y en eso, un par de ojos que me miran. Grito, esta vez con el vozarrón que me caracteriza, segura de que es el ladrón a quien he decidido pedirle que me lleve con él. “¿Qué te pasa, loca?”, me dice mi marido que está durmiendo en la cama de abajo. No quiero saber cómo llegó ahí, ni tampoco quiero contarle todo lo que viví porque no va a creerme. Entonces me levanto comprobando que me duele el cuerpo entero y antes de permitirme el desmayo cinematográfico le digo entre sollozos verdaderos “¿Te das cuenta de que hicimos todo mal, desde el principio?. ¡Ahora somos hermanos!”. Él me mira perplejo por tres o cuatro segundos, se da vuelta y se vuelve a dormir profundamente – lo sé porque ronca otra vez –. Lo odio, odio a todos, a ellos tres, al ladrón que no viene, pero sobretodo a mí que preparo el desayuno y los despierto con besos, como si lo merecieran.

Wednesday, March 02, 2011

Esta mañana en el jardín de infantes de mis hijas, mientras me sometía(n) a la cruel experiencia de la adaptación, sin proponérmelo, originé un milagro. Una madre con la misma necesidad que yo de dejar a sus hijos unas horas, todos los días, en un espacio sano y divertido (bien alejado del propio) me pidió que sostuviera a su bebé mientras ella iba a hacer pis. Cuando tenés un bebé chiquito, el ir al baño sola, equivale a tomarte un año sabático en Europa, pero como somos un todo, en vez de planear la escritura de esa teoría, me quedé pensando en que no ha de existir mujer que pueda resistirse a sostener un niño en brazos, y más si este aún no camina ni habla.

El niño, llamado León, me miraba con cara de desconfiado, lo cual me llevó, quién sabe por qué, a cantarle unas canciones. Es que no hay caso: no me convenzo de lo mal que canto, no le gusta ni siquiera a los niños que todavía no hablan (pero sí oyen). Y entonces, claro, León se puso a llorar, y en ese momento me sentí obligada a actuar efectivamente más que por la sensación de fracaso, por esa pobre madre que de escuchar el llanto de su hijo intentaría apurar el chorro de pis – siempre lo hacemos aún sabiendo que es un intento vano, tanto como el mío de cantar bien – y vendría corriendo a rescatar a su pobre retoño de los brazos de una imbécil que no puede contener a una criatura ni cinco minutos. Y entonces la vi: una lamparita de juguete, tal vez de plástico, arrumbada a un costado de un estante. León hizo silencio, mi curiosidad se le contagiaba, y juntos nos acercamos al extraño chiche. Apenas lo toqué supe que no era un juguete sino una lamparita de verdad, pequeña, acaso la más pequeña que vi jamás, pero igual de peligrosa que todas las lamparitas del mundo con su vidrio frágil, sus partecitas internas, su potencial virtud de convertirse en electricidad... León, como era de esperarse, me la quiso sacar. Solo podía defender el objeto con un brazo ya que con el otro lo estaba sosteniendo a él, así que lo estiré lo más lejos que pude de nuestros cuerpos, pero fue peor. El niño comenzó a patalear, a gritar, a llorar, todo junto, sobre mí, que para no ser menos me tambaleé y de paso, ya que estaba, me puse a cantar otra vez – no hay caso, no hay caso -. León se calló, me miró a los ojos con un gesto persuasivo, que va a usar con las mujeres cuando sea grande, con el que logró hacerme sentir censurada. Entonces supe que tenía que hacer lo que no hay hacer, que tenía que llevar la responsabilidad de cuidar de ese niño hasta las últimas consecuencias, que había llegado el momento de dar un mal ejemplo sobretodo porque ya nada importaba, porque nuestra relación ya estaba perdida y su madre había decidido abandonarlo para siempre en mis brazos, harta de sus gritos y caprichos. Y así fue como lo hice: me metí la lamparita en la boca y abrí los ojos todo lo que mis párpados lo permitieron, convencida de estar poniendo cara de lámpara. El niño sorprendido, extrañado, asustadísimo, me miró otra vez a los ojos, pero en esta oportunidad, con sed de mal. Iba a llorar todavía más fuerte, iba a patalear y gritar sí o sí. Y entonces supe que no iba a contentarlo, que el vínculo ya estaba planteado así, que ni yo lo haría reír, ni él me iba a hacer las cosas fáciles. Pero como en la vida nunca se sabe absolutamente nada, ocurrió un milagro. La lamparita se encendió en mi boca iluminando así mi cara y la de León. Mis papilas gustativas, o los poros de mi lengua, o ciertos poderes que desconocía, lo hicieron posible. Y León sonrío, y la lamparita, inmediatamente, se apagó. Me la quité de la boca justo a tiempo, cuando su madre venía hacia nosotros, seguramente paladeando el amargo sabor de sus impulsos de huir para ya nunca regresar. El niño estaba radiante, en sus ojos se había instalado la luz de aquel milagro, de aquella extraña lamparita, y su madre me agradeció con una efusividad intimidante, como si le hubiera donado un riñón o parte de mi páncreas. Cuando una maestra pasó por mi lado le entregué con toda amabilidad la lamparita. León desde la puerta me echó la mejor de sus miradas, esa que las mujeres siempre necesitamos recibir en el final de una relación, esa que en el poderoso silencio logra decir lo que las palabras jamás van a poder abarcar ni transmitir. Esas que iluminan la verdad.

Sunday, February 20, 2011

El viento fresco de después de la lluvia me trae una alegría calma y hace que resurjan – y rujan – mis ganas de dormir y de escribir. Si pudiera, no sé qué haría primero. La fantasía de lo que sabemos poco probable, por no decir imposible, es breve. Creo que dormiría, sí, y después me levantaría a la hora que fuese, madrugada ventosa, revoltosa, nueva, y me sentaría a escribir. Y después a dormir otra vez creyendo que lo que escribí es de lo mejor de mi producción. Y levantarme, hacer pis, lavarme los dientes, pensando en lo buena escritora que soy. Mates amargos, vista fija en un punto incierto, sueño, atontamiento, mañana despareja - ¿es cierto que escribí a la madrugada?, ¿lo que pasó fue real o lo soñé?, ¿los sueños son cosas reales?, ¿en qué se diferencian los sueños de las vivencias? -. Y entonces a leer, gestos pícaros, qué madrugada extraña, esto está bien, esta parte es un horror, y la conciencia, fatal enemiga de los insomnes sueltos y crédulos: “tu no eres el genio que creíste ser mientras dormías, mientras escribías”. Y después, un día de mi vida con todo lo inédito y con todo lo repetido, a veces despierta, siempre escribiente.

Tuesday, February 08, 2011

No es concreto el deseo o la misión de conmover, pero quiero trascender y me ha llegado como un bien o un mal, la necesidad de concreciones. Transcurro, y en ese delicado viaje, exploro, curioseo, me divierto o no. Solo yo sé por dónde ando, y ni siquiera tanto. Cuando me pierdo siempre es la mejor parte. Volver al eje ordena, pero es más de lo mismo. Y así como hoy llueve y no llueve, y el sol lastima pero no sale, la vida pone un piecito adelante del otro y se rompe toda en su afán de explicar que todo eso que deseamos es posible siempre y cuando trabajemos durísimo para conseguirlo.

(La cultura del trabajo silencioso, de la tenacidad, de la elección entrañable que intenta omitir las dudas como si fueran moscas. Todo eso es lo que nos llevará hasta los puertos ansiados).

Ojo que quizás me muera sin que nadie haya leído mis obras enteras, o completas, pero no es grave porque también nos moriremos sin conocer a nuestros propios vecinos o incluso, a nuestros hermanos de sangre.

¿Qué debo hacer si la nostalgia del hoy supera mis búsquedas y se divierte escondiéndolas y tachándoles justo esas partes que tanto me gustaron?

Cierro los ojos, disfruto del viento, veo las flores que se zarandean y me río de las obviedades, así como sufro la carencia de palabras, de esa palabra que no llega - ¿la desconocemos o simplemente no quiere llegar y consolarnos haciendo de su caída sobre nuestro texto un abrazo eterno? –

Demasiados interrogantes y muy poco dinero para un solo martes…