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Friday, April 01, 2011

es hoy…

un sol pequeño
de enormes secretos

abraza
excita
conmueve

quema
quema
quema

sol decidido
largo
ventoso
sin mar
con olas

ilumina
el brillo de esta piel
almibara
el modo en el que ven mis ojos
ríe
siempre mis pies desnudos

juega
imita la forma de mi cadera
inventa
nuevos contornos de lo que soy

encanta
brilla
late
calla

es mañana…

Sunday, March 20, 2011

Él le quita el agua a la pelopincho, ya es hora de vaciarla, limpiarla y guardarla hasta el próximo verano. Y entonces yo me pregunto por qué no podemos hacer lo mismo con tantas otras cosas. Por qué no tenemos la posibilidad de guardar, por ejemplo, los malestares con respecto a la falta de dinero en esa caja vacía que, justamente, teníamos intenciones de llenar con esos billetes que nunca llegan o que se van antes de que podamos acercarlos a nuestra falsa alcancía. Por qué no podemos guardar en ese cuartucho todas las averías físicas que el tiempo nos viene regalando, así las grietas, marcas y rollitos se detienen en el tiempo, no avanzan, se guardan, hasta que lleguen los días lindos y no nos moleste tanto salir a caminar, o hacer algo de ejercicio, o comer ensalada. Por qué no podemos guardar la pena que nos provoca la vejez de nuestros antecesores, frenarla para no tener que convivir con ella durante el otoño y el invierno que siempre es tan hostil con la tristeza. ¿Por qué no podemos disponer más que de objetos inanimados?, ¿por qué no podemos esconder, detener y/o estacionar todo aquello que nos hace mal, que nos envejece, que nos deteriora de algún modo.

En lo personal desarmar los escenarios que dan cuenta de las estaciones, festejos y finales, me llena de nostalgia el cuerpo entero, hasta hacerme temblar. Es una nostalgia sólida, nada líquida ni frágil sino firme como el tronco del árbol de navidad, los parantes de la pelopincho, los manteles de hule que saco en cada cumpleaños. Son los manteles que usaba mi mamá para los míos. Ellos ya conocen varios cuartuchos y recovecos, ya han sido escondidos en varios espacios y cajones de varias casas en tantos inviernos, veranos y primaveras. Son fieles testigos de las vidas que a veces me parece que se nos adelantan, que nos pisan la cabeza, que nos ganan. Ellos, pese a su condición de objetos, pueden burlarse de los cambios, desaparecer y volver a escena como si nada hubiera ocurrido, ostentando una nueva mancha de incierta procedencia, o un agujerito a estrenar, o un tajo inexplicable. Mi madre le hacía burla al hule y a su consistencia pegajosa y los cocía porque ella era de las que remendaban todo. Yo no, yo me he convertido a la aceptación de los transcursos, deterioros y manchones. No quiero aprender a coser ni a bordar. Y cuando empiezan los calores y saco la pileta, y el arbolito y sus horribles borlas brillantes que nada tienen que ver con la celebración, o cuando descubro las nuevas averías de los históricos manteles o cuando siempre en contra de mi voluntad me dispongo a encender la estufa, en vez de ponerme a llorar o tirarme del pelo, he instaurado un sistema de consuelo que me viene salvando de la desesperación: me creo mi propio cuartucho. No hacen falta paredes, basta con cerrar los ojos y abrazarse las rodillas. Yo me lo lleno de pavadas que me hacen feliz: el frasco de mi perfume favorito, una foto con mi abuelo, algunos dibujos de mis hijas, un libro amado, Fortunato (mi muñeco de la suerte) y alguno de mis textos. Y me desnudo, sin importar el frío o el calor, el clima se convierte en una sutileza. Así que me encierro sin ropa pero con mi alianza. Con mi cuerpo y a la luz de una velita pequeña y blanca reposo hecha un bollito, rodeada de elementos que me podrán sobrevivir y que el día en el que yo no esté ni vestida ni desnuda ni escondida en ninguna parte, servirán para contarle a los demás que una vez tuvieron una dueña que invertía gran parte de su vida pensando estrategias que impidieran que su días fueran banales, tristes o carentes de imaginación.

Él después de cerrar a presión la puerta del cuartucho – cuánto guardamos… – se me acerca con dos copas de vino en la mano, se sienta a mi lado haciendo que uno de sus hombros toque uno de los míos. Nos pegamos, nos amuchamos, nos comprimimos y brindamos pensando en el otoño, mirándonos a los ojos, sabiéndonos satisfechos, únicos, dueños de nuestro rincón secreto.

Tuesday, March 15, 2011

dormir de noche...

Después de leerles algunos muchos cuentos logro que se duerman mis dos hijas de cinco y dos añitos, respectivamente. Contemplo embelesada su plácido descanso, y me retiro a mis aposentos, a compartir el lecho con mi amado esposo. A los diez minutos la más pequeña llora, mi marido la trae, la deposita en el medio de la cama, y volvemos al sueño. Al rato aparece la mayor, entonces considero prudente llevar a la otra a su cama, ya que la nueva suele atravesarse a la altura de las cabezas, también en medio del matrimonio, los supuestos dueños de la cama, para pegarnos sendas patadas en pómulos, ojos y nucas. Tras recibir una de estas demostraciones, me despierto algo más sobresaltada, creyendo que fue el ladrón con el que estaba soñando, pero no, fue mi hija, que en la oscuridad me cuesta distinguir si es la más grande o la más pequeña. Es la grande, porque el llanto agudo que proviene de la habitación continua es la de la otra, de la chiquita. Entonces me levanto y la busco. Llora con los ojos cerrados, está teniendo una pesadilla, me acuesto a su lado, en su camita que es la de abajo y que ella tanto disfruta abarcar. Me quita la manta, la almohada y la posibilidad de por lo menos ocupar ese brevísimo espacio que me toca con una posición normal ya que pone sus dos manitas sobre mi cara, y al más mínimo atisbo de movimiento, me vuelve a agarrar con más fuerza, como si fuera un pulpo. Pese a todo estoy tan cansada que me quedo dormida con una pierna colgando hacia fuera, con la cabeza sujeta por esas garritas que de inocentes nada, y con la cintura gestando alguna contractura con la que tiene pensado sorprenderme en la mañana. Pero para eso falta mucho, la mañana aún es una utopía. En eso, un fantasma de pelos revueltos y camisón, prenda siniestra por excelencia, me genera un miedo súbito. Atontada no puedo distinguir si se trata de mi hija o de un monstruo, y en medio de la confusión me paro en la cama olvidando que dado que es la de abajo no podré más que golpearme la cabeza. Mi hija sacándose los pelos de la cara sentencia “Tengo miedo”. “¿Y yo, qué te pensás que tengo?”, le grito, y con eso solo consigo que la otra, la más chiquita, se despierte. Es sabido que no es bueno expresar sentimientos profundos durante las tempestades nocturnas, pero hay cosas que no terminamos de aprender jamás… Vamos arrastrando los pies hasta la cama grande. Dicha cama está completamente ocupada por mi marido que la abarca de norte a sur y de este a oeste. La chiquita no duda, ella es de las que avanzan sin tener en cuenta la oscuridad, las necesidades ajenas, ni ninguna otra niñería semejante. Se sube a la cama, y con una caricia dulce aunque firme, susurra en su media lengua “coete, papá”. El padre, automatizado, dormido, zombi, lo hace sin chistar mientras que las dos niñitas inocentes se apuran a sacarme ventaja para ocupar cómodamente sus lugares. ¿Y mi lugar ha muerto?, me pregunto sin ánimos de contestar. De querer unirme al equipo familiar, debo conformarme con una esquina en la que no hay nada: ni sábanas ni almohada ni posibilidad de dormir. Así que decido irme al otro cuarto, y hasta saboreo la idea de la soledad, del cuarto propio, de una buenas horas de sueño en el silencio de la noche cuando un “Mami, quedate”, me detiene. Esto me pasa por haberles demostrado tanto amor. Creo que estoy arrepentida de todo, ya no tengo ni siquiera ganas de dormir, ni mucho menos esos locos-locos sueños de ser una mujer casi normal, ni tampoco aquellas aspiraciones intelectuales, ni sed, ni ganas de hacer pis… ¿Es que ya no tengo nada?. Me arrodillo al costado de la cama, tomo su manita, y le canto bien bajito canciones infantiles tiernas llenas de candor. Todo lo que ya no tengo ni volveré a tener. Me quedo dormida en esa posición que a Dios gracias dura poco porque ahora es mi marido el que me despierta con sus ronquidos. No sé si ahogarlo con la almohada o darle un abrazo, la dicotomía matrimonial de siempre... Decido no acercarme, ni a él ni a ellas, y me voy caminando en puntas de pie al cuarto infantil. No me arriesgo ni siquiera a entrar al baño por miedo a que el sonido del chorrito despierte a alguno de esos seres que empiezan a parecerme por lo menos, ingratos. Pensando en la posibilísima aparición de alguna de las niñas, decido acostarme en la cama de arriba, desde su perspectiva visual es probable que no me vean, me regodeo tres segundos con mi inteligencia hasta que me duermo. Sueño: me convierto en cama, mi espalda está hecha de listones de madera, mis pies son dos estalactitas, estoy sola en el mundo, nadie me quiere, el ladrón entró a la casa con intenciones de robarme pero cuando le diga que no tengo nada, que ni siquiera conservo la posibilidad del dormir, va a matarme de un tiro en la frente. “¡No me mates, por favor!”, quiero gritar, pero no me sale la voz y entonces lloro, me pongo a llorar, eso siempre puedo. Tengo miedo, mucho miedo: me despierto. Me cuesta entender la altura, pero menos comprendo la soledad y esa burlona claridad que se asoma entre las rendijas de la ventana. ¿Está amaneciendo, cómo puede ser?. El miedo a que sea tarde me llena de angustia y entonces me bajo de la cama y… Me olvidé que estaba en la cama de arriba. En el viaje me golpeo con todo lo que hay en el camino por tanto la llegada al piso es casi un alivio. Desde allí miro el techo, me toco las piernas, intento comprobar que las cosas están más o menos donde suelen estar. Y en eso, un par de ojos que me miran. Grito, esta vez con el vozarrón que me caracteriza, segura de que es el ladrón a quien he decidido pedirle que me lleve con él. “¿Qué te pasa, loca?”, me dice mi marido que está durmiendo en la cama de abajo. No quiero saber cómo llegó ahí, ni tampoco quiero contarle todo lo que viví porque no va a creerme. Entonces me levanto comprobando que me duele el cuerpo entero y antes de permitirme el desmayo cinematográfico le digo entre sollozos verdaderos “¿Te das cuenta de que hicimos todo mal, desde el principio?. ¡Ahora somos hermanos!”. Él me mira perplejo por tres o cuatro segundos, se da vuelta y se vuelve a dormir profundamente – lo sé porque ronca otra vez –. Lo odio, odio a todos, a ellos tres, al ladrón que no viene, pero sobretodo a mí que preparo el desayuno y los despierto con besos, como si lo merecieran.

Wednesday, March 02, 2011

Esta mañana en el jardín de infantes de mis hijas, mientras me sometía(n) a la cruel experiencia de la adaptación, sin proponérmelo, originé un milagro. Una madre con la misma necesidad que yo de dejar a sus hijos unas horas, todos los días, en un espacio sano y divertido (bien alejado del propio) me pidió que sostuviera a su bebé mientras ella iba a hacer pis. Cuando tenés un bebé chiquito, el ir al baño sola, equivale a tomarte un año sabático en Europa, pero como somos un todo, en vez de planear la escritura de esa teoría, me quedé pensando en que no ha de existir mujer que pueda resistirse a sostener un niño en brazos, y más si este aún no camina ni habla.

El niño, llamado León, me miraba con cara de desconfiado, lo cual me llevó, quién sabe por qué, a cantarle unas canciones. Es que no hay caso: no me convenzo de lo mal que canto, no le gusta ni siquiera a los niños que todavía no hablan (pero sí oyen). Y entonces, claro, León se puso a llorar, y en ese momento me sentí obligada a actuar efectivamente más que por la sensación de fracaso, por esa pobre madre que de escuchar el llanto de su hijo intentaría apurar el chorro de pis – siempre lo hacemos aún sabiendo que es un intento vano, tanto como el mío de cantar bien – y vendría corriendo a rescatar a su pobre retoño de los brazos de una imbécil que no puede contener a una criatura ni cinco minutos. Y entonces la vi: una lamparita de juguete, tal vez de plástico, arrumbada a un costado de un estante. León hizo silencio, mi curiosidad se le contagiaba, y juntos nos acercamos al extraño chiche. Apenas lo toqué supe que no era un juguete sino una lamparita de verdad, pequeña, acaso la más pequeña que vi jamás, pero igual de peligrosa que todas las lamparitas del mundo con su vidrio frágil, sus partecitas internas, su potencial virtud de convertirse en electricidad... León, como era de esperarse, me la quiso sacar. Solo podía defender el objeto con un brazo ya que con el otro lo estaba sosteniendo a él, así que lo estiré lo más lejos que pude de nuestros cuerpos, pero fue peor. El niño comenzó a patalear, a gritar, a llorar, todo junto, sobre mí, que para no ser menos me tambaleé y de paso, ya que estaba, me puse a cantar otra vez – no hay caso, no hay caso -. León se calló, me miró a los ojos con un gesto persuasivo, que va a usar con las mujeres cuando sea grande, con el que logró hacerme sentir censurada. Entonces supe que tenía que hacer lo que no hay hacer, que tenía que llevar la responsabilidad de cuidar de ese niño hasta las últimas consecuencias, que había llegado el momento de dar un mal ejemplo sobretodo porque ya nada importaba, porque nuestra relación ya estaba perdida y su madre había decidido abandonarlo para siempre en mis brazos, harta de sus gritos y caprichos. Y así fue como lo hice: me metí la lamparita en la boca y abrí los ojos todo lo que mis párpados lo permitieron, convencida de estar poniendo cara de lámpara. El niño sorprendido, extrañado, asustadísimo, me miró otra vez a los ojos, pero en esta oportunidad, con sed de mal. Iba a llorar todavía más fuerte, iba a patalear y gritar sí o sí. Y entonces supe que no iba a contentarlo, que el vínculo ya estaba planteado así, que ni yo lo haría reír, ni él me iba a hacer las cosas fáciles. Pero como en la vida nunca se sabe absolutamente nada, ocurrió un milagro. La lamparita se encendió en mi boca iluminando así mi cara y la de León. Mis papilas gustativas, o los poros de mi lengua, o ciertos poderes que desconocía, lo hicieron posible. Y León sonrío, y la lamparita, inmediatamente, se apagó. Me la quité de la boca justo a tiempo, cuando su madre venía hacia nosotros, seguramente paladeando el amargo sabor de sus impulsos de huir para ya nunca regresar. El niño estaba radiante, en sus ojos se había instalado la luz de aquel milagro, de aquella extraña lamparita, y su madre me agradeció con una efusividad intimidante, como si le hubiera donado un riñón o parte de mi páncreas. Cuando una maestra pasó por mi lado le entregué con toda amabilidad la lamparita. León desde la puerta me echó la mejor de sus miradas, esa que las mujeres siempre necesitamos recibir en el final de una relación, esa que en el poderoso silencio logra decir lo que las palabras jamás van a poder abarcar ni transmitir. Esas que iluminan la verdad.

Sunday, February 20, 2011

El viento fresco de después de la lluvia me trae una alegría calma y hace que resurjan – y rujan – mis ganas de dormir y de escribir. Si pudiera, no sé qué haría primero. La fantasía de lo que sabemos poco probable, por no decir imposible, es breve. Creo que dormiría, sí, y después me levantaría a la hora que fuese, madrugada ventosa, revoltosa, nueva, y me sentaría a escribir. Y después a dormir otra vez creyendo que lo que escribí es de lo mejor de mi producción. Y levantarme, hacer pis, lavarme los dientes, pensando en lo buena escritora que soy. Mates amargos, vista fija en un punto incierto, sueño, atontamiento, mañana despareja - ¿es cierto que escribí a la madrugada?, ¿lo que pasó fue real o lo soñé?, ¿los sueños son cosas reales?, ¿en qué se diferencian los sueños de las vivencias? -. Y entonces a leer, gestos pícaros, qué madrugada extraña, esto está bien, esta parte es un horror, y la conciencia, fatal enemiga de los insomnes sueltos y crédulos: “tu no eres el genio que creíste ser mientras dormías, mientras escribías”. Y después, un día de mi vida con todo lo inédito y con todo lo repetido, a veces despierta, siempre escribiente.

Tuesday, February 08, 2011

No es concreto el deseo o la misión de conmover, pero quiero trascender y me ha llegado como un bien o un mal, la necesidad de concreciones. Transcurro, y en ese delicado viaje, exploro, curioseo, me divierto o no. Solo yo sé por dónde ando, y ni siquiera tanto. Cuando me pierdo siempre es la mejor parte. Volver al eje ordena, pero es más de lo mismo. Y así como hoy llueve y no llueve, y el sol lastima pero no sale, la vida pone un piecito adelante del otro y se rompe toda en su afán de explicar que todo eso que deseamos es posible siempre y cuando trabajemos durísimo para conseguirlo.

(La cultura del trabajo silencioso, de la tenacidad, de la elección entrañable que intenta omitir las dudas como si fueran moscas. Todo eso es lo que nos llevará hasta los puertos ansiados).

Ojo que quizás me muera sin que nadie haya leído mis obras enteras, o completas, pero no es grave porque también nos moriremos sin conocer a nuestros propios vecinos o incluso, a nuestros hermanos de sangre.

¿Qué debo hacer si la nostalgia del hoy supera mis búsquedas y se divierte escondiéndolas y tachándoles justo esas partes que tanto me gustaron?

Cierro los ojos, disfruto del viento, veo las flores que se zarandean y me río de las obviedades, así como sufro la carencia de palabras, de esa palabra que no llega - ¿la desconocemos o simplemente no quiere llegar y consolarnos haciendo de su caída sobre nuestro texto un abrazo eterno? –

Demasiados interrogantes y muy poco dinero para un solo martes…

Wednesday, December 01, 2010

Camina erguida por una calle casi vacía
los adolescentes la miran
(ya no es una chica)

Ellos, sus ansias,
sus camisas afuera del pantalón

Quieren burlarse de las normas,
de sus pares,
de quienes todavía los acunan

Lo mal que fuman
lo tanto que gritan
ostentan su juventud

Ella desea fumar bajo el sol,
cerrar los ojos
ser uno de ellos,
olvidarse de todo
volver a ese vacío,
a ese ayer de mediodías
sanguches en la vereda,
cocas de lata,
risas.

Pero se sube al auto sin fumar
y se siente responsable, aburrida

Añora el acné.

Monday, November 22, 2010


Antes le temía a la muerte. Creo que mi madre me influenciaba bastante, me transmitía sus miedos.
Crecí, mi madre se fue, y todo cambió. Considero –cabalmente – a la muerte como parte de la vida. Ahora les temo muchísimo más a las enfermedades y a los dolores intensos, tanto físicos como espirituales.
Quisiera ahorrarles mi muerte a mis hijas y a mi marido, pero elijo una y mil veces ser la primera en irme. La muerte es dolorosa para los vivos, en relación a la vida, pero en sí misma la imagino tan indolora como mágica.
Cambiar de estado, de espacio, de envase. Cambiar, no vivir, o vivir diferente, quién sabe. Tal vez saludar a quienes supimos llorar, tal vez ver caras casi olvidadas que no nos provoquen mayor gusto. Quizás se trate de descansar, de dejarse llevar…

El placer de ser alma, espíritu, nube, cielo, tierra por qué no…

Fantaseo con lo incorpóreo, lo intangible, lo etéreo. Todas las imágenes me resultan bonitas, aunque por ahora prefiero no comprobarlas ni saber cuán en lo cierto estoy o no estoy. Porque es aquí donde sí estoy, donde vivo, donde duermo, donde amo y escribo. Aquí, hoy, ahora. Rezo, cuento, espero, juego, enumero, me repito.

Y en mis hijas también soy, tan chiquitas y acariciables, perfectas compañeras, dependientes, risueñas.

Y Diego, el mate, la casa, y el sabor a vida. Sea como sea – todo, la muerte y el después – esto, todo esto, no quisiera abandonarlo por nada del mundo entero.
Afuera, no muy lejos, es tiempo de llorar. Por dentro el viento, y algunas nubes, y ventanas en las que se posan las palomas.
Lo interno no se opone a lo externo, hablan mis dos personas, contestan cosas diferentes, sobre asuntos por los que nadie les pregunta. Ansían comprensión, se rigen por el romanticismo, necesitan comer y comprarse libros. Son mías, son yo.

Gusto a mate en la boca que poco besa. Marcas en una cara que se muestra libre, blanca, entre miles de pelos marrones largos y despeinados.

Invito al miedo a salir. Él prefiere el día, cree que allí todo puede verse. Yo busco la noche, los sueños, la inspiración, el misterio. Una de ellas, una de mí, vestida con ropa vieja, se ríe de la otra que llora por todo lo que no puede hacer ni comprar.

Si me preguntan – cosa que hacen a menudo – yo les digo que las dos tienen toda la razón. Una se queja de que eso es imposible. La otra aprovecha y lee.

Thursday, November 18, 2010

Garrapiñada de dudosa procedencia y antigüedad. El que la vende tiene el pelo blanco y pocos dientes. Su aliento también es sospechoso. Pero estoy antojado, ese aroma me seduce desde siempre. Compro y devoro, soy un tipo valiente. Llego a casa y cuando voy a lavarme los dientes advierto que me faltan cuatro. Me río.

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Peli con pochoclo, mi placer. Hago ruidos molestos, lo sé. Provoco a conciencia las puteadas del tipo de atrás. En la última escena, la del beso, se me sale un pedo. Pese a que me disculpo, el tipo se me tira encima, enardecido. Me pega hasta dejarme tirado sobre mis pochoclos manchados de sangre.

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Hay momentos del mes en los que tengo panza. Este es uno. Decido andar con un cartel explicativo colgado de mi pecho, el mismo dice “Es hormonal. Juro que es hormonal”. Pero la gente me ignora, cada uno se preocupa por su panza.

Wednesday, November 17, 2010

corren como nubes
debajo de pájaros
pisando tierrita

son la incredulidad
el sol
lo curioso

los ojos también se apuran
comen y beben
cruzan
llegan
tocan


fueron pensadas mejores
más felices
sueltas
criadas en la medida infinita de la libertad


yo soy el pecho y el hombro
y corro los pelos y nos apretamos
dentro de la cartera de papeles y caramelos


los estallidos del fin del día
pero también la serenidad

ya basta
(súplicas)
ya no
nos despedimos del cielo

nadie adivinaría que mi color existió
esta mañana
en ellas
en sus ojos indecibles
en secreto
Tres de la tarde. Vista al cielo celeste que lastima la vista y alegra otras muchas partes por lo abierto, por lo inmenso. Supongo que en algún momento habrá que podar aquel árbol que nace en la vereda y se asoma por detrás del techo. Crece, alto, verde. Hay misiones que aunque sé que no lo son, las creo imposibles. Treparse hasta allí sería una, hacer mucha fuerza otra, romper maderas, construir casas… Uff…

Durante mucho tiempo también creí difícil volver a confiar en Dios, o separarme de algunos novios y vínculos intensos, o terminar un cuento emocionada y satisfecha. Alguna vez también creí imposible dejar de ver a algunas personas tan queridas. Tanto de lo imposible es hoy mi presente. Tanto presente era ayer lo imposible. Casilleros más, realidades menos, la vida en constante mutación, y las palabras risueñas, inocentes, naturales.

Siempre me sentí capaz de criar hijos y libros, desde niña. No disfruto no ser la hija de nadie, ser y sentirme paria, una perdida solitaria y triste en un mundo demasiado desquiciado como para andar si carpa ni sombrero ni papás, pero hay cosas que nos tocan. No creo que seamos responsables de todo, creo en el destino, en el azar, en la virgen y en algunos muertos, pero en lo que más creo es en mí.

Alguna vez me gustó provocar al mundo con frases del tipo de “el suicidio es un acto de cobardía”. Creo que somos nosotros quienes nos vamos generando las limitaciones. No comprendo por qué hay cosas que no se hablan, o por qué no siempre podemos decir lo que pensamos si a veces, queriendo complacer, herimos y queriendo herir, halagamos. Creo que no somos los mismos jamás, que cada circunstancia y compañía nos modifica hasta el tono de voz y nos lleva a comportarnos de maneras que hasta hacía un segundo nos eran completamente ajenas, impensadas. Más de una vez me pregunté si es posible que las particularidades de nuestra personalidad tengan vida propia, generando que a veces nos convenga tenerlas y a veces sea lo peor que nos puede pasar.

La comparación/metáfora con el camaleón siempre es afortunada. Los animales han sido, son y serán bien generosos con su aporte a la comunicación del hombre. Hoy me siento… ¿leona?. No, sapo.

Thursday, September 30, 2010

abrir un juego-propuesta
de lenguaje distintivo
muchas voces- palabras
y los acuerdos.

enjambre incomprensible que
hacemos a diario con mates y cenas
con la vida en común
con pasto y enamorada

anclar una poesía en un libro-cerebro
llegar a una hora decente a desnudarnos
gritar

para vos atardeceres que contemplo en alto
para vos esos cielos a colores

llamar a las horas por sus nombres
para que se conviertan en mis amigas
y me inviten a lugares

después existe, es de verdad
a la noche puede no haber sueños
son otros los raptos de este delirio

escuchar la voz de tu mirada
que tus manos acaparen lo común
lo nuestro
lo distintivo

olvidar
no temer
no lastimar
ganar
proponernos

Thursday, August 19, 2010


Quiero ser tu amigo, y darte un abrazo de esos que algunos locos llaman “sinceros”, y quiero quererte mucho, o ir queriéndote de a poco, o las dos cosas. Quiero que me visites seguido y que no me sienta en la obligación de que todo esté impecable. Tengo cierta conducta obsesiva con el orden y la limpieza, así que una vista gorda de tu parte dirigida a los rincones más ambicionados por el polvo, me sería más que útil. Quiero prestarte libros que me gustaron, y los discos que no sé “bajar” ni “copiar”, pero por vos voy a hacer el esfuerzo de aprender eso, de meterme en el mundo de la tecnología. Otra cosa que te prometo es la de aprenderme todos los nuevos caminos que hagan falta, aunque tenga que agarrar Panamericana para llegar a destino. Algunas veces quiero poder darte besos pero no muchos, porque ya somos grandes y hay tantos pudores que… Besos al paso, en la mejilla, o no, dejá, eso no, mejor volvamos a los abrazos pero ésta vez usemos la palabra “sentidos”, ¿te parece?. Es linda: “abrazos sentidos”, sí, sin dudas suena bien.

Quiero ser tu amiga y cantarte y que vos pongas cara de “qué bien que cantás, carajo” y que nos riamos por eso y por el vino y por lo que pinte en ese momento que como tal, será único y feliz, como casi todos los instantes que se pasan con amigos. Y con vino. Quiero que vivamos muchas cosas juntas, juntos, cosas que después contemos con datos cambiados, un poco por el tema del olvido, la presbicia y la memoria, y los siempre interesantes juegos de palabras, claro, y otro poco por hacer valer esos detalles que sólo nosotros vamos a conocer. Abrazos fuertes o mejor, feroces; sí, abrazos feroces y después a rugir:¡Ruarrr!. Quiero que si no fuimos amigos en la infancia lo aprovechemos y nos relatemos anécdotas en las que intervengan tantas personas que ya no vemos. Quiero que nos soportemos, y que a veces hasta seamos casi totalmente tolerantes el uno con el otro. “Abrazos de medianoche”, es estúpido pero no suena mal…

Quiero ser tu amigo, quiero ser un poco tuyo, y que vos seas un poco mía, aún sabiendo lo de las prioridades y los hijos y toda esta milonga de realidad que nos abarca al punto de hacernos casi olvidar lo importante que es tener y hacerse amigos. Nuevos amigos, amigos a estrenar, amigos que no importa si se quedan, amigos del instante temporario y eterno al mismo tiempo. Amigos como vos, como yo. Amigos de los treinti-cuarenti. Porque digamos la verdad: va a llegar el día en que barramos la vereda a las ocho de la mañana, o tejamos bufandas, o tomemos tecitos de hierbas, o nos pintemos los labios, o tengamos nietos y por fin entendamos a nuestras suegras… Porque un día las cosas pasan, y todo lo que hoy nos ocupa y nos altera, mañana andá a saber qué nos produce, si es que todavía sigue formando parte de nosotros… Cambiaremos juntos, supongo, y seremos lo más felices que podamos en cada etapa… Yo quisiera tener una amiga como vos cuando tenga un par de años más, porque también me hubiera gustado tenerte cerca a los nueve, cuando me regalaron la bici y me hice mierda la rodilla porque se me ocurrió que la bajada de ese garage me iba a dar una bienvenida como la gente, como la que yo le daría a una nena de boca enorme y risa fácil si fuera un garage. Pero si hay algo que no soy es un garage, pero eso no quita que pueda ser una buena amiga, ojo, o un buen amigo, oreja… Además lo que pasó es parte de otra vida casi, de otro ámbito, de otro momento, y a mí lo que me importa es que hoy quiero que seas mi amigo, y te lo pido así, de ésta manera sencilla, sin usar palabras del tipo de “equidistante” o “irrestricto”. Porque con vos no quiero que haga falta hacerse la canchera y fanfarronear ni con el lenguaje ni con la pilcha, ¿me entendés?.

Quiero ser tu amigo pero es menester mencionar por lo menos dos enormes defectos que poseo: soy bastante rompe-huevos y demasiado altibajera, pero también quiero que sepas que transpiro en carne viva la virtud de la generosidad que en las noches de luna llena me convierte en una banana gigante, con dulce de leche en la puntita. No es que quiera usar ese dato para seducirte pero si te sentís atraído a mí, estate seguro de que voy a hacer todo lo posible para estar a la altura de las circunstancias.

Y por último: cocino muy bien, y escribo cosas grosas, cosas de escritora posta, y en un futuro próximo me voy a hacer conocida por mi talento y eso te va a poner en ese lugar divino en el que uno se pone cuando dice “Claro que la conozco a Macarena Moraña, es una gran amiga mía”. Así que pensalo y después llamame o pasate a tomar unos mates por casa. Serán amargos porque en eso – sabelo – no te transo...

Abrazos de bolsillo, besos de rigor, y verdades de milanesas de nalga, a caballo, y con cerveza fría, en primavera o verano, y después la siesta paposa, tan efectiva como gloriosa.

Yo

P.D.: No, nada… Dejá…

Monday, July 19, 2010

hoy, ahora, silencio grisáceo y seco. días de lluvia y cumpleaños. aún tu voz, todo lo tuyo, tus bromas, tu comida, todo en mí, siempre. y el tiempo, y las horas, y las ganas de verte a solas, y aquel festejo. y vos, siempre vos, mi vida.

Thursday, June 24, 2010

Supongo que mis anécdotas son pequeñas y hasta intrascendentes. No obstante, quisiera gritar que pertenezco a una de las clases que pueden vivir miles de años.

Una vez, una estudiante se paró frente a mí y me disparó luces desde un aparato cuadrado; lo hizo una y otra vez, y me gustó. Sentí el calor de cada una de esas chispas, fue realmente hermoso.

Otra vez, un joven me miró de arriba hacia abajo y susurró para sí “Planta perenne de tronco leñoso y elevado que se ramifica a cierta altura”. Recuerdo imborrable el de cada palabra. Luego el joven suspiró, como lo hice yo, y acomodó las tiras de su bolso como si se estuviera preparando para una larga travesía. Ellos viven de las largas travesías. Luego irguió su espalda y pese a la envidia que me inspiraron sus movimientos seguí conmovido y sin pensarlo demasiado, desprendí una de mis hojas y la hice volar frente a su cara con un tipo de suavidad que pocas veces he logrado. Es una de las pruebas que más disfruto, supongo que se debe a que soy un romántico, un viejo romántico, pesado y gordo, y tan solo.

En medio de un verano difícil dos niñas se convidaron caramelos sentadas sobre mis raíces. Una reía y cantaba una canción que hablaba sobre un hermano. La otra bostezaba. No se miraban pero estaban juntas, y masticaban.

En otoño me gusta desprenderme de mis hojas, pero no es fácil, al principio me duelen las ramas y luego el tronco, hasta que el dolor se me hace una costumbre y luego encuentro el modo de convertirlo en algo similar al placer. Parece que no, pero los árboles tenemos mucho trabajo emocional. Cada otoño es para mí un tipo de muerte, y la primavera me contiene y abraza para un nuevo nacimiento. Pero ojo, la primavera no es tan mágica y piadosa, si uno no le da lo que ella quiere, se puede vengar de los modos más trágicos. Ella es extrema y más mujer que ninguna otra estación. Se sabe hermosa y vive en una abundancia florida y a colores.

Y yo no soy más que mi eje, el punto de partida y el lugar de llegada de una existencia estática. Sé guardar la quietud del mundo, sé contribuir al equilibrio urbano, sé perfectamente cómo añoran los seres humanos. No me siento viejo pero tampoco soy joven. Mi cuerpo ya no suele invitar a los amantes a apoyarse sobre él para besarse y besarse hasta que les duelan los labios. Ellos, los amantes, se apoyan entre ellos, y el escenario les da lo mismo.

Las pocas cosas que sé acerca de la vida las aprendí observando; lo triste es que no tengo una buena memoria y eso, además de afligirme, me ayuda a no pensar más que en el instante. Pero hay recuerdos que sí conservo, como aquella vez en la que una mujer mayor mirando hacia arriba, hacia mi cielo, dijo “Allá tiene que ser lindo. No hay que tener miedo”.

Mi mejor diversión es la de hacerme historias a partir de las palabras que se sueltan frente a mí. “…pero me constipé y entonces…”; “…la muy hija de puta me habló de eso como si yo fuera…”; “…bien se lame porque lo que es él…”; “pinchalo y después te fijás cómo qued…”; “…pensá que todavía es chiquit…”. Vivo en un mundo acotado e incompleto, lo sé, me lo han dicho más de una vez mis hojas más fieles. Ellas desde allí pueden ver que hay otros mundos, miles de ellos, apiñados y poblados de casas, personas, plantas, ratas, hormigas, pastos, útiles, delantales… Pero todos se quejan por lo que no tienen, por lo que desean, por lo que les falta, hasta los que pueden andar.

Wednesday, June 02, 2010

Ocurrirá, es evidente, moriré. Lo haré un día, una mañana, una noche, sobre mi cama, abrazada a mi almohada o a mi hombre, soñando con agua. Tal vez lo haré durante la preparación de unos fideos. Llevará un instante que no será igual, ni en duración ni en nada, al que usé para nacer. Será un instante florido, cómo no, y los míos sabrán cómo apagar ese olor con una de mis exquisitas fragancias. Habrá inscripciones en papeles arrancados de cuadernos. Las palabras llevarán el ataúd hacia algún lugar azulado, tenue. Seré un muerto que generará pena y añoranza, hasta que dejaré de hacerlo. Esto último se dará con más naturalidad que todo lo demás.

Wednesday, May 26, 2010


Tengo frío y la boca pastosa y el recuerdo de un sueño horrible que me resisto a titular de pesadilla. El sueño, La pesadilla, hoy los artículos mandan. Él – el varón – ya no está aquí, ya se fue, ya se baña: escucho el agua de la ducha caer sobre su cabeza y su espalda, lo imagino desnudo y por supuesto que prefiero no verlo. ¿Qué me está pasando?. Hace varios días que no quiero nada de eso ni de aquello. Él en cambio se despierta enérgico y enseguida sale a correr, dos veces por semana juega al tenis, saca a pasear a los perros todas las noches sin excepción. Basta. La estrategia es resistirse desde la oposición. Por eso me cubro toda, todos los días y tapo a esta cabeza que porta mis ojos. No quiero ver ni levantarme, pero el oso de mi cueva imaginaria también está desnudo. Y sucio.
Amanezco en un infierno. Hay sangre por todos lados, pregunto por él. Todos me miran directamente a los ojos. Vuelvo a preguntar y un bombero se saca el casco, se lo apoya en el pecho, y baja la cabeza.

Thursday, May 20, 2010




La primera novela que escribí tenía dibujos que en ese entonces, a mis ocho años, ya me avergonzaban. Pero sabía, porque me lo decían y porque lo sabía, que escribía bien, sorprendentemente bien para la edad que tenía. La salvedad de la edad ya no me libera de las malditas culpas, cargos y errores gramaticales. Me arranco canas injustas mientras merodeo los treinta y tres y me hago el chiste de “Diga treinta y tres: treinta y tres”. El número también me hace pensar en Jesús y en Eva Perón y ahora, qué extraño, en mimismapropia persona. Con lo que acabo de escribir ya tengo para un par de cuentos… Esa soy yo. Esa es mi escritura.

La segunda novela que escribí data de unos seis años atrás. No tiene dibujos y se llama Qué me ha dado Dios. La presenté en una editorial y después de felicitarme me dijeron que no la iban a publicar. No me resultó complicado escribirla. Fue de un tirón, con una velocidad que me gustó experimentar; era como ir en auto por una autopista, muy rápido pero sin miedo, sin miedo a que me pasara nada malo. Estuvo buenísimo, pero cuando la terminé y la mandé a algunos concursos supe que la iba a dejar dormir porque tras las emociones fuertes, las novelas ruegan piedad, y si uno no se la concede, corre el riesgo de quedar ciego de medio ojo o con letras impresas en negrita en cualquier parte del cuerpo, todas ellas mal escritas. Conozco a una escritora que un día despertó con la palabra “hanarkía” en el talón derecho. Lleva catorce libros publicados y un sinfín de notas periodísticas plagadas de lugares comunes y corrientes.

La tercera novelamía se llama Mis Quince, y se trata de una chica que está por cumplir quince años y va a festejarlos con una gran fiesta. Sus padres están separados y la madre tiene un novio adinerado que se va a hacer cargo de los gastos, lo cual pone al casi insolvente padre de Micaela en un lugar, por lo menos, incómodo. En ella quise hacer una suerte de retrato social de la clase media, pero después de dos años de laburo y muchas horas invertidas en su corrección y revisión, decidí que lo mejor sería, otra vez, dejarla descansar. Pero ella a veces se despierta y me chista. Yo me hago la distraída y hasta canto – no sé silbar – para que todos me crean que estoy en otra cosa, que no la escucho. Digo huevadas, preparo comidas, tengo sexo, y ella termina por imitarme, más que nada con la última actividad. Después se duerme y olvida que es novela y que es mía, y eso me hace sentir liberada, hasta que todo empieza otra vez. Algún día me voy a sentar con ella y con sus hermanitas las inconclusas en alguna cabaña que nunca haya escuchado las palabras “Buenos Aires”, y después de abrazarlas mucho voy a empezar a esculpirlas, palabra por palabra, párrafo por párrafo, dolor por sonrisa.

Me cuesta pensarme novelista, pero muchas veces me pasa que al leer novelas ajenas me muero por escribir una, pese al esfuerzo que significa hacerlo. Es como vivir con gente, ser muchas personas, todo el tiempo. Las voces del inconsciente se convierten en sonidos de verdad, y vas con ellos – los seres y las voces – sin importan cuántos sean ni cuánto ruido hagan, a todos lados. Entonces cuando te metés a tomar un café pedís cuatro, y el mozo te mira, y en tu mirada descontrolada te justifica – la gente necesita justificar – diciendo que claro, cómo no, es obvio que sos artista… Y se cree inteligente, mucho más que vos. Días después tenés una fiesta y vas a la peluquería y la peluquera te cuenta una anécdota superior, y cuando llegás a casa te tenés que sentar, es imperioso, es fisiológico, y la escribís, se la adjudicás a un personaje, no pega ni con moco con la historia pero ya vas a encontrar la manera de que lo haga, de que pegue, y te sacás un moco y lo pegás debajo de la mesa creyendo que sos distinta pero no lo sos: todo el mundo pega mocos debajo de la mesa. Lo que te convierte en diferente es otra cosa, son ellos, los tuyos, tus seres, tus creaciones, que cada tanto te avisan que está acercándose la hora. Y no vas a la fiesta, faltás, y el peinadete se los regalás a ellos, “por todo lo que hacen por mí, divinos” decís en voz alta con la sexta copa de tinto en la mano. Te ponés cariñosa y después de una sesión de amor te vas a dormir con una contentura que te provoca más amor. Cosa loca, cosa mágica. Amor y alegría: eso es para mi la escritura…

Los cuentos me provocan un entusiasmo más concreto, concreto en cuanto a la concreción, en gran parte se debe a su longitud pero también a que me gustan. Con los cuentos los períodos de trabajo y dedicación no son tan largos, a veces los dejo, los recupero, los acaricio, me río, los siento ajenos, y vuelvo a empezar con otro que queda inconcluso hasta que lo termino y siento que me encanta, me parece el mejor, sí, es brillante, me hace sentir que llegué a un lugar, al lugar esperado, a un estadio, a un podio, y entonces descorcho la champaña de diez litros, me la tiro encima, chupo un poco – y dale con el chupi – y cuando lo vuelvo a leer, oh oh oh, me parece malo. Malo. Tal vez pésimo. O no, quizás es malo a secas. Ma-lo. Y eso a lo que yo llamo frustración a veces me hace llorar, a veces me hace reír, y siempre me genera un dolor pinchudo que no se lo deseo a nadie.
Les tomo cariño a mis cuentos, como a la gente que me rodea, por eso después me cuesta modificarlos, si así están bien, pienso, pero no, no están bien, nunca están del todo bien, y para dejarlos en paz y sentirme una persona que empieza lo que termina o al revés, me hago trampitas que están buenas: los mando a sitios desconocidos y tal vez peligrosos. Pero mis cuentos se alegran de que los suelte y de que grite “si amas a alguien dejalo libre”. Y bajo los efectos de las drogas más naturales, largan carcajadas siniestras pero llenísimas de gratitud. Gracias a ustedes, chicos…

Ahora estoy haciendo leer algunos de mis trabajos. Estoy contenta con los resultados, adoro buscar la justificación de cada palabra, su razón, su destino, su verdad. Lo mismo hago con trabajos de otros. Me gusta entender mis historias, nadar entre sus algas de colores no siempre vivos. Me gusta pensar en los por qué de cada una. Recién di por terminado uno que trata de una novia que fue engañada por su novio. Ese me gusta porque me acerca a un enojo que no es mío, que es de otra que existe en mi mente y que si existe de verdad en alguien no me importa. También disfruto de toda esa parte que no me importa. La magia es la dueña de esos vacíos. Por eso cuando me indagan sobre técnicas contesto desde mi experiencia que las técnicas existen y sirven sólo si sentimos que las necesitamos para seguir creando. Al igual que los argumentos, al igual que las musas o las inspiraciones. No vienen de un solo lugar, como tampoco tienen un solo destino. En los hechos creativos no hay normas, y ese el punto que los convierte también en únicos e irrepetibles. ¿Entonces?. Entonces hay que escribir, y leer, y compartir lo que uno hace. Entonces hay que vivir, y soñar, y dar besos y abrazos. Hay que ser cursi y feliz.

Vivimos inmersos en constantes búsquedas. La del lenguaje propio, la manera personal de decir las cosas, la elección de los temas, es una de ellas. Qué más lindo que explorar, explorarse, conocerse, buscarse, hacerse preguntas… A mí se me ensancha el alma cuando escribo. Me emociono mucho, me guste o no me guste el resultado. Sé que no podría hacer ni ser otra cosa. Quiero comunicarme más allá de mi cuerpo, de mi voz, de mis actos. Quiero escribir y contar historias que le hagan bien a otros pero más que nada que me hagan bien a mí. Quiero escribir bien, por eso me tomo mi tiempo y no intento afanosamente publicar libros y hacerme conocida y tomar copitas de vino en librerías preciosas de Palermo Hollywood y/o Soho. Por ahora sigo buscando mi voz escrita, tranquila, y eso es algo que hago desde mis ocho años, desde mi primera novela, desde mis primeras composiciones, desde que entendí que escribiendo me podía expresar mejor que de ninguna otra manera. No dibujo bien, canto peor, y supe actuar entre pudores que disfracé con vestidos que olían a humedad. Pero siempre me quedo con esto, con ellas, con mis letras, a las que no me canso de halagar y desear y franelear. Qué linda es la palabra franelear...