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Sunday, November 08, 2009

El domingo, a ésta hora –y a ninguna otra- se hace chiquitito, se esconde, y se convierte en secreto. Uno triste, pase lo que pase, aunque las risas y la infancia. Igual triste.
Domingo a rastras, secándose, tibio, sin pasos, como el agua de un lago en verano, bajo el sol.

El principio de ese secreto es ésta melancolía.

Friday, November 06, 2009

Vuelvo... Este texto es producto un trabajo de taller, y como me lo halagaron pensé... Y por qué no nos pegamos un retorno al blog? Saluttiiii!!!

Él y yo nos conocemos desde el principio de mis tiempos, vaya uno a saber desde cuándo, cómo es eso del embrión que se implanta en el útero y comienza a crecer y después se convierte en uno de nosotros. Hay UN momento, uno solo, único e irrepetible. Desde entonces nos conocemos... Parece ser que, en parte gracias a Él, los seres humanos tenemos el poder de hacer personas, qué loco, pero cuando lo identificaba con aquel señor de barba blanca y tupida no lo sabía, o no lo pensaba. Ese tipo, una vez cada tanto, me pinchaba a fuerza de besos cuando me iba de su consultorio, augurándome buena salud. Algunas noches en casa, después de cenar, también creía verlo pero en otro cuerpo, dentro de ese otro tipo al que se le daba por hacerme cosquillas y “torturarme”. Cómo le gustaba usar esa palabra, ahora me parece feísima pero por ese entonces ni eso ni nada que viniera de él me molestaba, es más, todo lo suyo me gustaba, hasta sus chistes de mal gusto. Así que ahí andaba, chiquita, bocona y de patas flacas, repartiendo la fantasía de su imagen física entre la de mi pediatra y la de mi padre. Uno me regalaba caramelos en forma de gajos después de revisarme, caramelos de colores divinos, muy brillantes, y el otro me regalaba o daba todo lo demás: la comida, la casa, la ropa, los chiches y la educación religiosa que, como no podía ser de otra manera, sería la encargada de informarme que mis ideas al respecto de Él eran erróneas y que Él no estaba en ningún hombre, humano ni persona de carne y hueso, ni siquiera en mi papá. No, Él, era más grande, superior a todos y a todo…

A veces me lo imaginaba como un coso de forma incierta de purísima plastilina, amarilla con vetas verdes y tal vez con ojitos de plástico blancos y negros. También lo supe ver como a una gran cabeza de pelo negro y corto, parecida al dibujito del nene de las galletitas Manon, pero tampoco era así porque Susi, la primera de una larga lista de catequistas –alta, de rulos marrones elevados por alguna fuerza eléctrica e indomable, de ojos muy redondos- un día nos dijo que ese tal Jesús –flaco, barbudo, sucio- era su hijo, y que la virgen María –pelo negro lacio, tez blanquísima, cara de súplica constante– era la mujer que había elegido para concebirlo. Recuerdo perfectamente cómo le miré la panza a mi mamá esa tarde. Pobrecita, pobres las mujeres, tener que llevarles los hijos a los hombres, pensé. ¿Por qué no se los llevan ellos, eh?, ¿es que acaso no son taaan fuertes como dicen?. Entonces me decidí a sacarme algunas de las dudas que lo rodeaban a Él y le pregunté a mi vieja quien, prendiéndose un cuarentaytréssetenta, contestome: “Es un poder, como una magia, es grande, no sé cómo explicártelo, nos ayuda, vos le pedís lo que querés y necesitás y si te portás bien él te lo concede, te lo da, pero no te hablo de juguetes, hablo de las cosas que no se pueden comprar, también hay que darle las gracias por todo.”. Uy, era cada vez más difícil… Para los juguetes estaba mi viejo –deportista, ojeroso de ojos turquesas, ambicioso y guitudo– y para todo lo demás estaba Él que ya no tenía ni cuerpo ni cara, ahora sólo tenía poder. Martha, la señora que trabajaba en mi casa –cara cuadrada, cuerpo cuadrado, manos arrugadas y venosas, brazos llenos de fuerza- en otra oportunidad me comentó que ella lo había visto una noche, allá, en el campo donde se había criado. Me dijo que era una luz blanca, inmensa, que no te dejaba ver pero que te hacía sentir re bien. A ella le había llevado a una hermana, pero igual decía que era mejor así porque la hermana estaba enferma y no se iba a curar y por eso ella le pidió y le pidió y Él al final se la llevó y toda la familia estaba más aliviada, no contenta, aliviada… Ay ay ay, yo no quería que se llevara a ninguno de mis hermanos por más hinchas y malditos que fueran a veces. Yo sólo quería olvidarlo porque me daba impresión y miedo que una cosa inmensa luminosa e incierta fuera tan poderosa. No conforme la humanidad con hacerme sufrir el terror en carne propia y viva y de cañón, otro día, en plena clase de catequesis dictada por la suplente de Susy, una tal Verónica –nariz operada, ferviente cantante del coro de la iglesia, seguramente virgen hasta el día de hoy- me vine a enterar que estaba en todas partes. Qué cagazo, madre mía. Para ese entonces ya me gustaba leer y me devoraba las historias de Agatha Cristie. Dejé de hacerlo, como también dejé de desearles cosas malas a mis hermanos, como también dejé de sentir que las iglesias eran un lugar seguro, calmo y lleno de amor. Y cambié, Él me cambió, me llevó a ser una niña desconfiada, quizás turbia, pésima estudiante y llena de juguetes importados. Ya no quería leer, ni dormir, ni asistir a las clases de catequesis. Mis compañeritas cantaban lo más chochas canciones que decían que Jesús nos vino a redimir y que por eso se murió clavado en una cruz, que teníamos que llevar su palabra y serle fieles; ¡hasta le pedían que los llevara a servirlo sin importarles cuándo ni dónde!, ¡¿es que todos se habían vuelto locos?!.

De repente, un pésimo día, mandan la primera nota en el cuaderno con respecto a la comunión, a la primera, a esa que nunca se olvida… Le rogué a mi madre que no me llevara, le expliqué que no quería tomar nada que tuviera que ver con toda esa situación macabra y llena de misterios horribles y personas que no dejaban de cantar canciones tristes de ambiciones entusiastas. Pero ella sabía convencerme y me fue por el lado del vestido blanco y largo, vestido de princesa que encima le había pertenecido. Me prometió una fiesta, regalos, todo más grande que un cumpleaños, algo mejor porque era algo único que sucedía una sola vez en la vida. Por supuesto que acepté. El día anterior mi padre me ofreció ser él quien me cortara un poco el flequillo ya que se había hecho tarde para ir a la peluquería. Me dejó la frente revestida de un deshilachado bombé que nadie me creía que no me lo había hecho yo misma. Y si bien quiso resarcir su error con un buen desayuno a base de torrejas, jamás volví a pensar en él como en un ser superior. Pero todo parecía estar bien y yo me prometí no volver a usar flequillo nunca más en la vida; eso me reconfortaba. Llegaron los sanguchitos, la casa se llenó de globos, mamá acomodaba monjitas de cerámica sobre una mesa decorada de amarillo y blanco, hasta que se hizo la hora de ir a la iglesia. Allí formamos una larga fila de 33 niñitas blancas radiantes inmaculadas y cubiertas de pánico, y dimos los primeros pasitos que nos conducirían hacia el altar. María Victoria Campi, nerviosa por las mismas y obvias razones que yo, pisó parte del ruedo de mi vestido provocando que todo él, todo-todo, se desprendiera del resto. Me quedé con una suerte de minifalda blanca y las lágrimas en los ojos corrieron el rimel que mi madre me había puesto mezclándolo con el colorete de Tamy y el perfume Mujercitas; un asco... Pese a que una vez más todo se solucionó y a que la fiesta en mi casa fue hermosísima, conservo de aquella experiencia una sensación de rareza, de que algo no funcionaba, de que Él no era ni tan grande, ni tan real ni cierto, ni bueno… O tal vez nadie me había explicado las cosas como se debía…

Con los años, la vida, los nacimientos, casamientos, trabajos y muertes, mi fantasía al respecto de Él se fue modificando. Lo quise, lo desquise, lo detesté, lo juzgué, lo amé y preferí olvidarlo hasta que volví a obsesionarme con su figura, imagen, poder y gloria. Hoy puedo decir que lo conozco y eso no significa que sepa cuál es su cara ni dónde está ni cuán poderoso es. Hoy sólo sé que lo necesito y con eso me alcanza. Hoy sólo sé que me acompaña, que a veces me ayuda, y que me la cuida a la vieja que seguro lo anda revoloteando, hablándole de teatro, contándole chistes malos, volviéndolo loco, escribiéndole la frente. Mi abuela las otras noches me comentaba que a veces, el muy ingrato, se niega a comer su arroz con leche. Mi abuelo Toto en cambio se ríe cerrando más que nunca el ojo chueco, y me dice que no le haga caso, que ella es muy sensible a esas cosas… Mi abuelo Pepe ni me llama ya, siempre está ocupado pintando y hablando con Él con quien se entiende de maravillas porque los dos hablan un idioma inmenso y luminoso. Y mi vieja, siempre ausente, siempre presente, me manda a cada rato alguna noticia divertida, algún chisme, dos estrellas… Ayer se coló en un mail para hacerse la moderna, la contemporánea, y me regaló algunas esperanzas con respecto a mi trabajo… Anoche me abrazaba igual que yo la abrazaba a Violeta, acurrucadas todas sobre la cama chiquita y rosada, cama de nenas, cama de madres e hijas… Y yo sé que se lo debo a Él que no es mi amigo pero cuando voy a sus casas me siento bien, salgo aliviada como decía Martha. No tiene cuerpo, pero a veces me abraza. No es morocho, pero me gusta. Es grande, pero lo puedo meter en todos lados. Es colega de los que añoro, y eso lo convierte en importante para mí. No cura, pero a veces me hace las cosas más livianas y llevaderas. Supongo que el día que estemos frente a frente nos vamos a quedar callados, mirándonos, disfrutando por fin de ese primer contacto visual. Porque ojos sí tiene, ojos de mil colores, ojos de mirada abarcadora y mágica, ojos de cielo. Yo –mujer melancólica, madre dedicada, escritora constante, amante loca- lo quiero mucho…

Friday, October 31, 2008


Mi familia anda naufragando en incertidumbre. Queremos mudarnos y por eso nuestra casa está en venta. Pero aún están las cajas cerradas de la mudanza anterior, y todas esas cosas pendientes de ésta especie de nueva casa que no es tal y que arreglaríamos en el caso de quedarnos pero como no sabemos qué va a pasar no arreglamos y entonces que los pisos de los cuartos, que los libros apilados en el cuartucho del fondo, que los objetos que no sabemos dónde quedaron, y encima, y detrás, y por encima, el duelo de la venta de la casa grande, histórica y familiar, y las incomodidades de ésta con sus otros temas también familiares pero, de alguna manera, más pintorescos, o menos malos, y el no saber si somos o seremos elenco estable o, al igual que en la vida, estamos de paso… Y en medio – siguen las enumeraciones, y ésto recién empieza – viene “gente a ver la casa” porque claro, repito, está en venta. Entonces tenés que tener todo impecable – ya estoy decorando las cajas con “carpetitas” que supe criticarle a mi madre en tantas oportunidades tildándolas, sin remordimiento alguno, de “patéticas”. También tenés que lavar lo que está en la pileta, no dejar pendulando la bombacha agujereada que por cierto es la que mejor me queda por éstos días; como tampoco conviene estar hirviendo brócoli, o durmiéndote una siesta a pata ancha al lado de tu hijita que mira pasar la gente rascándose “la pocha” y haciendo sonrisas de incomprensión… Y la gente… Ay la bendita gente que se supone tenés que tratar bien, casi venerar, que entra en tu vida y en tu intimidad abriéndote los placares, sacando fotos, y usándote el baño (“bendito Lisoform”, suspiro sabiéndome más amadecasa que nunca…) Y por otro lado quisiera decirles algo así como “soy buena persona y ésta casa es la casa de tu vida y en ningún lado en el mundo vas a ser tan feliz como acá así que comprámela rápido que tengo necesidad de mudarme a otra más grande que me gusta más, en otro barrio, lejos de las historias familiares, donde quiero empezar una nueva vida, o algo parecido, con mi hermosa familia de ya cuatro integrantes, y de paso te cuento que retomé terapia y me aconsejaron que sería bueno hacer todo ésto antes de parir a otra nena de la que voy a ser nada menos que la mamá…”. Pero a la vez tenés una sensación extraña que te hace sentir aprehensión por todo y por todos, y no querés que nadie mire lo que colgás en el tender, como tampoco que se metan y pisoteen el cuarto de tu hija, porque si bien querés vender la casa todavía es tuya, y es la única casa que tenés, y es el lugar donde cenás todos los días con tu familia, y es donde se duermen tus sueños, donde juegan tus recuerdos, donde se distraen tus dudas, donde la incertidumbre es tan constante como el orden, y la limpieza, y el gataflorismo que anoche tuvo acidéz y ésta tarde, ganas de llorar y reír alternadamente, frente al espejo, en la más absoluta intimidad hoy tan imposible como las certezas.

Friday, October 24, 2008

http://www.filba.org.ar/contenido.html

Thursday, October 23, 2008

las estrategias de la vida cotidiana se vuelven confusas, algo crueles o engañosas en éstas noches con sol que alguien caprichosamente nos ha impuesto. es bueno o es malo?, la pregunta de siempre supongo. o despertar a Violeta para que se duerma temprano ésta noche o dejarme llevar por las teclas que me reclaman como hijas también. qué raro es todo, vivir acá, sentirme observada, impropia, y a la vez enamorada y con la casa limpísima oliendo a jazmines... nadie me va a entender, sólo yo sé lo que paso y vivo y siento, quién más?, nadie más... y mientras tanto una nena muy chiquitita que todavía no está preparada para éste mundo se mueve avisándome cosas que pretendo entender, que a veces entiendo, y que son mi (nuestro, shhh) secreto. ahí sí que nadie se mete, ni espía, ni nada. esto es nuestro, le digo, y la otra que se cree que le hablo a ella se ríe diciéndome "mamita, mamita". y lecturas, y el teléfono, y ya tá...

Tuesday, October 14, 2008

éste cuerpo enorme


Me miro sin comprender éste cuerpo enorme, lejano a esas polleras que tan bien supieron lucirse en mí. Mi envase de hoy es una suerte de pariente de algún pantalón que no me cierra ni en pedo. “El milagro es en mí”, susurro en tono de mantra absurdo, y pienso en la belleza diferente, y en lo mágico, y me envuelvo en ese halo romántico que nos da el segundo corazón que nos late adentro. La exclusividad, el pensar que a “ellos” no les pasa y a nosotras sí, lero lero, pero también la rareza por ser la bola que cada vez se hace más redonda como si avanzáramos en la nieve, y el deseo que también cambia, que a veces se pianta o que la manda a dormir a esa otra que hace ya tres años está afuera del cuerpo anteriormente mencionado, y es libre. Orgullosa madre inmensa que ruega por los otros pecadores, ahora y en la hora del nacimiento, amén. Che, y mi vieja que no está. Cada vez que me aparece, últimamente, me sube un espeso reproche convertido en arcada. Es como que no le perdono que se haya ido, que no esté, que no me ayude con la comida o el jardín de infantes, que me haga escribir siempre sobre ella y su ausencia, su ausencia y ella. Debo aburrir a todos con éste discurso melancólico pero les juro que a veces se me va de las manos, del alma se me va... Y entonces a poner el foco en la hija, su vida social, la vida familiar, el marido que huele divinamente por las mañanas, la falta de espacio, la vital necesidad de agenda/orden/cronograma, las enumeraciones, uno, dos, tres, y ayer que por fin nos compramos celulares que andan y sacan fotos y te dicen la hora de Argentina y no la de Pakistán. Crecemos de alguna manera cuando adquirimos esas cosas que nos colocan en un lugar un poco más acorde al de aquellos que nos rodean. Y pese a todo, a esa sensación y a la pertenencia a otros grupos sociales, y a la hija, y a la panza, y al sueño, y a la familia política, y al desgarro insuperable de la orfandad, de a chispas nos parece que nunca fuimos tan pero tan pero tan felices. Y entonces corro, agarro un libro e invento un ejercicio para los alumnos que todavía están en mi mente, que no olvidé, y entonces sin querer me toco una teta y no puedo cerrar los ojos de lo impresionados que están, ¿cuántos van a alimentarse de mí?. Por suerte será una sola, me consuelo, una muy linda, que no me va a dejar leer por no quitarle la vista de encima, de sus ojitos, de su pelito, de la maravilla, del amor que va a reventar a la ausencia de mamá. Es mentira, pero qué buena es a veces la mentira... Ángela se llama mi nueva hija que viene a ser la hermana de esa otra que me hace saltar del amor a la falta de paciencia en un segundo. Ayer, entre las pelotas de colores, y el sábado, perdida en medio de sus amigos, qué feliz me hizo, qué feliz es, cuánto amor me da. Hoy he comido sin parar, la ansiedad del milagro, y después el mate que me calma, una especie de saciedad que no es culposa porque lo tomo sin azúcar y sin intención de generarme pensamientos concretos y mucho menos coherentes, inteligentes o legibles. Qué fea es la palabra “legible”, hoy me suena peor que nunca.

Thursday, October 09, 2008

tanto...


tanto tanto que no escribo. pero ahora tampoco tengo ganas. tengo ganas de decir algunas cosas pero sin presiones/ preciones/ preziones ni siquiera ortográficas. al que le gusta bien y al que no que le llueva garito, o que la garúe liviano, o que le caiga tormenta impiadosa sobre la mente extraviada. en éste tiempo crecimos. hablo de nosotras. el 7 cumplió romi los treinta. carli con una hija. leti con un hijo. yo con una panza y una nena peinadora. mis amigas las tías. los temas son las casas, los novios, las parejas y/o maridos, los suegros y... los hijos!. crecimos. algunas marcas nos rodean los ojos. de fondo, ahora, mientras escribo, es micky mouse el que habla sin parar, cuando no, es Violeta, la única con mayúscula en toda ésta historia. y Ángela. Y Dieguito. mis prioridades afectivas. y YO, YOYOYO. la que lleva limpia ordena la cocina, el baño, las medias apestosas, el mando de los mimos, las rascadas de espaldas, las idas y vueltas de cumples y jardines de infantes, clases, libros de costosa lectura. YO: la voz sonante de los proyectos a futuro, el bolsillo del dinero que se licúa al paso del crecimiento familiar. la vorágine de esperanzas y deseos de prosperidad, casa nueva, mayor intimidad. me repito que el casado casa quiere y me da risa. siempre me río de los dichos, y me rio de janeiro, claro está. algunos nos casamos y tenemos hijos que bautizamos gracias a Dios, también mayusculado, idolatrado, perseguido, implorado, nuestro pese a todo, pese al tiempo, pese a la gratitud. y seguimos creciendo como si no nos diéramos cuenta. nos volvemos a reír, nos reencontramos con viejas amigas que también progresan en trabajos y profesiones. a mí me crece la panza y por mucho tiempo no me iré a recorrer europa. todo tiene su yin, a veces no encuentro mi yan, y a veces lo escondo con éstas manos perezozas/osas/mozas. crecemos, necesitamos de las siestas y pedimos excursiones a parrillas de la zona para sentirnos de carne y hueso, carnívoros a morir, a matar o morir, a crecer, a dar y recibir, a crecer, a jugar a las barbys otra vez, ota vez, ota vez y una más y no jodemos más, sí jodemos, pero con otras cosas, con otro humor, otros chistes, crecemos en sensibilidad también, nos enfermamos de angustia y resusitamos (susi/ceci/suchi) dos minutos después. hay que vivir la vida lo mejor que se pueda. obviedades al margen. panzas e hijos en cumpleaños maduros y resusitantes. amor y amistad. siempre las mismas raíces a base de vainilla, cacao y jugo de limón. de tía limón. de ustedes, mis amigas, y de nosotras, mis mujeres que soy YO. YOYOYO.
amor siempre. inamovible. feroz.

Monday, July 07, 2008

Yo soy de las cosas chiquitas: una cajita, los aros de perlas de fantasía, más cajitas – con piedras, con tejidos, con incrustaciones -. Guardo con dolor en mi memoria los objetos que perdí, y eso a ella le gusta, lo disfruta con cinismo. Por eso, cuando le hago un comentario como “te acordás de ese lapicito que una vez…” ella enseguida se ríe -siempre con cierta agitación y recordándome, quizás sin intención, a mi madre-. Supongo que en parte se debe a que a ella las cosas chiquitas le cuestan, se le escapan y sobre todo, se le pierden o se le chorrean entre las manos como aquel rosario de plata, espeso y triste. También dedales, agujitas, prendedores; y eso que casi todo pertenecía a nuestra abuela y sin embargo ella no lo supo cuidar ni siquiera en nombre del pasado, de la herencia, de lo mucho que importa el atrás en las vidas cortas que nos dan para, con suerte, exprimir. Entonces es claro: el remedio de la risa siempre es efectivo para aquel que no quiere detenerse a llorar, pero el llanto es tenaz como ninguna otra expresión, y en algún momento de la vida aparece. Yo no quiero estar el día que ella llore. El día que piense que no tiene amigos, que la gente se le acerca por el dinero que igualmente no sabe cuidar, que en realidad está vacía, rodeada de cosas chiquitas, carentes de sentido real, salvo por mí, su única compañía. No, no quiero estar ahí, aunque me intriga de sobremanera lo que pueda ocurrir. Siempre fantaseo con que las lágrimas de tan densas lleguen a cristalizarse y entonces yo pueda hacer con ellas pequeñísimos colgantes que no alcancen a cubrir éste cogote envidioso (el de ella es largo, estilizado, de niña bien). Colgantes sin sentido, como casi todo lo que poseo. ¿Es que acaso ella y yo padecemos el mismo mal?. No quiero una respuesta, y tampoco quiero sus lágrimas ni su risa ni ninguna de sus pequeñas cosas, ni siquiera deseo volver a estudiar su dentadura con discreta curiosidad. Tiene los dientes locos, uno para cada lado, pero igual es feliz y nunca llora como yo. Creo que hoy la odio.

Saturday, May 17, 2008

Gasti tiene razón: hace un montón que no publico nada.

Volveré. Juro que volveré.

Wednesday, March 26, 2008

Diario. Vacaciones en Villa Gesell, mes de marzo, año 2008

Ayer. Una máxima de playa: el musculoso camina acompañado de mujer de panza chata.

Hoy: bosque. La imagen familiar de esos cuatro me hizo sentir reconfortada. Matrimonio con dos chicos. La nena de pelo muy largo. Yo: tenía que hacer un placentero esfuerzo para recibir las gotitas de agua, livianas, sobre la cara. Cara al cielo, cuerpo en reposo, olor a eucalipto y ambiente de diversión, familia y esperanza. De todos modos me cuesta alejarme de los fantasmas. De los fantasmas vivos.

Más hoy. Martes. Recién me acuerdo de la fecha. 9 años… Te pregunto frente al mar si ya no fueron suficientes pruebas. Los hermanos, la no abuela, las piernas… ¿Cómo hago para ser menos permeable?. Nubes imposibles de blancas y grandes. Partes del cielo muy celeste. Esa casita naranja. Tan poquita gente. Piernas. Dientes. La nena más linda del mundo. Él que es grande y bueno y siempre quiere ahorrar. La nena lo disfruta fuera del tiempo real; andá a saber qué piensa, tal vez crea estar soñando… Y vos que no la conocés, que nunca le besaste la espalda ni le estiraste un rulito rubio. Qué zonza que te fuiste tan temprano… Un poco de humor entre lágrimas no le viene mal a nadie…

Violeta y Diego: se metieron al mar. Ahí vienen. Todavía no sé qué sintieron al estar juntos en un lugar así, tan inmenso. Viole tiene una amiga que es de su mismo tamaño y grita igual de alto.
Yo: afligida de repente por la mancha de la mujer. La mujer por siempre de herida abierta, de dolor cada tantos días. Adiós de momento al deseo de un nuevo hijo. Resignación por tiempo de imposible determinación.

¿Cuánto?
¿Cuándo?
¿Por qué ahora no?

Indudablemente éste no es tiempo de recompensas por algunos lados de mi planeta.


Días enteros de playa. Poca pero concentrada contemplación. Invasiones externas Telefónicas e incomprensibles. Pero lo nuestro, lo íntimo, lo propio, lo verdadero, quizás mejor que nunca. Diego me dijo que quiere tener otro hijo conmigo y desde entonces no puedo más que amarlo y amarlo y amarlo.

Hoy juntamos caracolitos con Violeta. Es una máquina de disfrutar: amigas por aquí y por allá y juegos con todo lo que tiene a la mano. La magnitud de la buena infancia que vive es proporcional al mar.

Sábado. Después de un helado frente al mar, antecedido por una siesta sin culpa, y anticipado por una zambullida perfecta en temperatura y oleaje, siento que las vacaciones son un período de amor más que de descanso. Una isla que se aleja de todas las rutinas. Un páramo que se planta entre la belleza natural y las ganas de compartir, de no pelear, de disfrutar.

Día de la mujer. La gente me llama demostrándome amor. Entonces, pienso con olor a sol en la piel, que algunas cosas debo hacerlas bien.

Violeta también es muy sociable, y hermosa, y bailarina, y feliz. Ahora duerme en brazos de su papá quien oficia de tal quizás como nunca antes. Los amo a los dos y le agradezco a Dios sus señales y sus regalos haciendo un dibujo que quizás nadie vea nunca.

Wednesday, February 20, 2008

¿Cuándo en verdad es prudente agradecerte, espejo mío?

¿Cuándo me mostrás mis dientes lavados a mano y adornados con argollas que cuelgan de mis lóbulos sin besos; o cuando parada de frente toda derechita me dejás ver mi espalda entera, presa de la magia de lo imposible y lo aparente?.

Traduzco tu silencio en piedad y canto agradecida.
Hay un momento de la vida en el que resulta maravilloso pensar que las bases de nuestra personalidad – y por qué no de nuestra dicha – se han forjado en la niñez. Porque siendo así le decimos que sí a los defectos, nos burlamos de tantas virtudes, y nos escondemos de algunos monstruitos disfrazados de papá Noel sin que nada nos parezca más importante que un caramelo. El problema, como siempre, aparece después, cuando somos los conductores de la niñez de otra persona que para colmo se hace poseedora de casi todo nuestro amor. Ahí quisiéramos que la niñez sólo fuera un transcurso de inocencia y juego, todo impermeable, como el piloto del Sapo Pepe que llegó a sus manos en la última navidad.

Friday, February 15, 2008

Me plancho el pelo intentando algo. Me meto el índice bien adentro de la nariz jugando a rascarme la cabeza desde adentro. Frustración. Gestos veloces. Actos mínimos. Y la tristeza que pelea con mi tiempo. Juegan al dominó y después a la rayuela para después matarse, tirarse de los pelos y hacerse crujir los dedos. El ruido es horrible, seco, violento, y sólo yo puedo escucharlo.

Mis piernas también pelean contra algo, creo que nos les gusta pertenecerme. El mate es quizás lo que mejor me hace después del amor tan escurridizo.

Últimamente soy yo la que da, la que debe entregarse al otro sin cuestionar. Me convierto en respaldo y abro y cierro los ojos cada vez más agotados. Exijo sin gritar una paz que nunca llega. “Esto es ser adulto”, pienso a diario, pero el consuelo tampoco es lo mío. Y así es como algunos días me duermo pensando que soy en los otros y que por eso, muchas veces, los otros no me ven.

Y uno nunca es lo suficientemente víctima como para quejarse. Uno nunca es tanto ni tan poco. Uno es algo, un ser, un uno, individual, conflictivo, confuso, verdadero. No queremos adjudicarle al mundo el poder de convertirnos en “alguien” pero lo hacemos olvidando que antes de dejar nuestro mejor parte en manos desconocidas ya éramos todo lo que podíamos ser:

El debate entre la herencia cultural y las costumbres elegidas.
La búsqueda de una fe única que termina pareciéndose a todas.
La capacidad de sorpresa ante el milagro de la vida.
El dolor como punto de partida hacia el cambio genuino.
La aprehensión a lo violento.
El gusto por lo genuino.
La dificultad para mimetizarnos con el arte.


Me ahorco con los lazos familiares porque no puedo lucirlos en un peinado. Vuelvo al pelo, a la cara, a los ojos que son los que más cambian. Y ahora soy yo la que juega al elástico en el patio inmenso del colegio. Visto de azul y ya tengo bien marcadas mis ojeras. Es invierno y sé que mi mamá va a venir a buscarme metida dentro de su saco de piel largo hasta los tobillos. Sólo ella en todo el mundo puede llevarlo tan bien un martes al mediodía. Caminamos las cinco cuadras y nos llenamos la nariz -como recompensa al entrar a La Casa- de un inmejorable aroma a hamburguesas caseras y salsa blanca con choclo. Vemos la tele, charlamos, y me siento a jugar donde siempre. Sí, soy yo, me veo, lo sé, me reconozco, ahí estoy. Tengo ganas de advertirme que no crezca, que me quede ahí, petrificada, con una barby en una mano y el lapicito en la otra, pero no me lo digo. No me digo nada. Me observo en silencio recordándolos a ellos, a ellos dos, a la nena esa de ojos caprichosos y a él con sus silencios y distancias. Ellos dos no son lo único que vale la pena pero sí son el mayor exponente de mis razones que mi corazón, desde ya, jamás entenderá.

Friday, January 25, 2008

¿Por qué un día me parece lo más posible y natural modificar gran parte del funcionamiento del mundo con el sonido de mi perfume, por supuesto mis hermosísimos ojos, y la voz que así impostada me sale tan sublime mientras se expande sobrevolando esos pastos verdes y amarillos, y enseguidita después inmediatamente me vienen esos mareos que me hacen callar y en el más triste de los silencios pedir o más bien rogar una caricia sabiendo con el alma que nada de lo mío es lo suficientemente necesario para el mundo?.

¿Por qué?.

Y entonces me entero que alguien ganó un premio de mi interés y me digo, sin esconder desconsuelos varios, que pronto me tocará a mí, pero después me siento a leer cualquier autor que sabe más que yo y me pongo a llorar, inundada de envidia, sintiendo que no conozco ni la mitad de las palabras que me harían feliz. De todos modos, como soy porfiada y obstinada y testaruda y muy hermosa, me acomodo sobre los papeles blancos y dejo salir unas palabras no queriendo pensar en que siempre digo lo mismo: nada. Una nada densa que cuando estoy de buen humor tiene el poder de deshilacharme, y cuando estoy dada vuelta, se abusa de un truco –para ella- formidable: el de convertirme en estatua. Cuando logra alcanzar ese objetivo debo admitir que siempre elijo ser un varón, en parte porque me gusta esa libertad que poseen de llevar pelos en las piernas y en los pechos más amplios, y también porque siendo una estatua masculina cargo un lindísimo miembro siempre pequeño y eternamente duro que me hace conectar con ese costado viril que me vuelve loca.

Monday, January 21, 2008

Un rincón de mí que a veces es siniestro se agiganta durante los insomnios.
Se lo debo al miedo en parte, pero sólo en parte.
Reculo, voy hacia atrás, y saco humo por mi boca.
Humo de culpa y cargo. Por mi culpa por mi culpa por mi gran culpa. Y ese Dios que se supone siempre me perdona.

Veloces son los pensamientos, siempre más que las palabras.
La lucha entre ellos es sanguínea, y real, más real que ésta noche igual a tantas otras.
Hay días y noches que se repiten, que reviven para hacer algo que siempre queda pendiente. Esos nunca y los mil siempre. No hay escapatoria.

La parte idiota de lo que soy. La parte que piensa y la parte que dice.
Las partes que se dividen en sus partes. No al juego de palabras. No a la discriminación. No a los ojos cerrados y a la llave que se pierde y a las mentiras piadosas. No y no. Ya estamos grandes para hacer algunos trucos. Te saco la nariz, me corto el dedo. Ya no porque todavía no llueve y el silencio. Nubes oscuras que asustan niños. Cuánto y cuál viene a ser el silencio que no hace ruido, dónde está, por qué me huye...

Un auto pasa, sé que es un taxi, su sonido me lleva a los deseos. Deseos de escribir, de hacer, de inventar lo que haga falta. Me rasco más que otras veces el ojo izquierdo rodeado de morado. La piel es de otra mujer, de otra más alta y segura. El ojo es mío.

Thursday, December 27, 2007

Adorada gente mía:
>
> Gracias a todos los que mandaron mails por las fiestas, es muy meritorio que
> hayan encontrado un hueco para tal fin en los agitados días del mes de
> diciembre. Gracias a todos los que no enviaron nada porque seguro tuvieron
> las ganas pero no pudieron. Gracias a los amigos que veo siempre porque eso
> significa que nos queremos. Gracias a los que veo poco porque eso no
> significa nada. Gracias a las primas por estar siempre cerca llenando de
> risas infantiles y abrazos de hermandad mi transcurso por la vida. Gracias
> Tini y Santi por ser los sobrinos más lindos y buenos del mundo. Gracias a
> los suegros por ser tan generosos y los mejores abuelos. Gracias a Elcira
> por tanto. Gracias Ivi por ser tan linda. Gracias Gasti por ser mi
> hermano. Gracias Vivi y Daniel por los momentos compartidos. Gracias Vicky
> por ser mi gran amiga y la madrina de mi niña. Gracias Guada por tus
> rulitos y tus saltitos y tus risitas. Gracias a la familia de Innocentiis
> por todo su amor. Gracias a los literatos por amar lo mismo que yo.
> Gracias a Paula por la ropa, la cama, los mates, los chusmeríos y todos los
> instantes compartidos. Gracias a las mamás y piojos del jardín por haberse
> colado en mi corazón. Gracias a los espisúa por ser amigos de la casa.
> Gracias Mechi por dejarte quebrar por mi nena. Gracias Agus por haberme
> dejado ser parte de tu cumple y por dejarme siempre ser parte de tu vida.
> Gracias Ceci por estar incondicionalmente. Gracias Sil por tenernos siempre
> en cuenta. Gracias Juan por tantas cosas tan llenas de letras. Gracias
> Lopez por hacernos sentir queridos a pesar de los kilómetros. Gracias
> Marianita por escribirme esos mails. Gracias Nico, Mari y Santi por ser tan
> bonitos. Gracias a mis amigas con las que ya no nos tomamos aquellos vinos.
> Gracias Pato por las confesiones, catarsis y halagos compartidos. Gracias
> Beker por seguir esperando mi carta. Y a ustedes, Diego y Violeta gracias
> por alegrar mi vida a fuerza de caprichos, corridas, risas, apretones,
> palabras, canciones y tanto pero tanto amor, son lo que más amo en el
> mundo...
>
> Así que feliz Navidad para todos y gracias otra vez y siempre.
>
> Los quiero mucho,
>
> Maca

Wednesday, December 05, 2007

Balance

Viste cómo soy: nunca puedo evitar los balances teñidos de rojo y verde con los brillos plateados y las lucecitas de colores intermitentes que me contengo de comprar en el “Todo por dos pesos” en el que, dicho sea de paso, nada vale dos pesos. Y desde ya en la Navidad el infaltable recuerdo del pajarito más feo del mundo que canturreaba hasta que sus pilas se fueron a contaminar el medio ambiente. Ahora que veo noticieros me entero de los crímenes irresolutos, de los niños que siguen muriendo de hambre, y hasta de que los presidentes cambian a fuerza de cirugías estéticas y labios inflados de algo que se llama botox. Moneda corriente, parece ser. ¿Yo?, bien, avejentada en mis treinta no tanto por las marcas de alrededor de los ojos que quedaron en un segundo plano. No. Esas tanto tanto no me molestan. A mí me molestan las otras, las del tiempo casi real, las espirituales, esas que no cicatrizan (las turras, las malas, las ensañaditas).


Y como quien no quiere la cosa se me dio por volver a aquellos seres impersonales, sanguíneos, tan empecinada, obstinada y firme como siempre en mi misión de encontrar razones en la demencia. Así como lo escuchás, che. Vender, comprar, heredar, intentar un diálogo... Pero no es posible. Igual, ojo, creo que ya entendí. Creo, mirá si no...

“Chicos, chicos, vengan, escuchen:
La locura ahora es la madre que perdimos.
¿No les parece horrendo?”.

No. Ni en eso el acuerdo.


Un rostro inmejorable me sonríe, me canta, me hace soñar, escribir apurada, sentirme útil, mujer, demasiado ocupada. La velocidad del tiempo no me gusta. En el jardín, sentada al sol los pocos segundos que lo tolero, me recuerdo también a mí, a la que era con los dientes más desparejos o incluso con los anteriores, con esos dichosos blancuzcos que no preocupaban. Pero tanto que tanto nos me pasó, y ojo que no hablo del agua porque lejos estoy siempre de los puentes y lo que es peor, de los arroyos.
Siempre hablamos de otra cosa así como también siempre necesitamos más agua.


Por eso la ilusión de un futuro natural me hace llorar. Lo veo tan difícil como la comprensión de mi hartazgo y también la de los grandes temas, de mis enormes ausencias, de mis tantos y repetidos duelos que no cesan. Y me visto de negro pensando en que ha de ser en parte por eso. Y veo una música y escucho un teatro y tiemblo soñando con que algún día me sintetizaré por fin en un libro que generará otro y otros y otros. Eso si lo sé, esa sí es una certeza que encima puedo disfrutar. Y cuando mi hija no me copie más, y cuando se enoje conmigo y sienta la vergüenza de los hijos crecidos e inteligentes, lloraré más que hoy, más que ahora, eso también lo sé pero no lo disfruto.


Un marido que trabaja y una mujer que a veces soy yo reclamando y exigiendo. Ingratamente cansada del espacio imposible, de los muebles antiguos y de siempre. Se han ordenado así los papeles mientras la pollera floreada ayuda a que me miren y me halaguen por la calle sin saber que antes era más linda pero menos tantas otras cosas.
La flameante primavera con el verano prometedor . Preparar la mochila, leer el cuaderno de comunicados, encontrar el equilibrio de los límites. La hora maldita de bajar las persianas; el desenlace del día. La noche de a tres. Me pongo crema, mando besos, y en el medio escribo furtivamente, como loca, desquiciada, como la que necesito ser.


(¿Sabés que a veces no me doy cuenta y salgo a la calle con la cara pintada de témpera?)


Mencionar, mencionarme, buscar y buscarme: la contractura feroz con la que mi cuerpo me avisa la catástrofe del cansancio. Pará, es tan fácil la recomendación. Fin de año. Pará un poco, descansá. ¡Ay, si pudiera!. Las noches se apilan sin sexo como los bloques de madera, las torres, los castillos y esas muñecas que han vuelto a nacer en su segunda vida, con historia mejor, con dueña preciosa.


“Saco una manito la hago bailar, la cierro la abro y la vuelvo a guardar”


Y ella... Ella que acomoda las sillitas rosadas y finge que tiene más gente a su alrededor (¿o acaso la tiene?). Ella que se tira agua encima del cuerpo de piel más que suave y me invita una y otra vez a ser su amiguita.


“Ahora si, a ver qué lindo, ¡muy bien!, ahora no, estoy ocupada, estoy cocinando, dejame escribir, no te vayas, decile a la señora cómo te llamás, quedate conmigo, te amo, cuidame, no, no me cuides, yo te tengo que cuidar, a los amigos no se les pega, hay que com-par-tir, te cuido, estás paspada, estás pintada, estás sucia, qué linda sos despeinada, poco pelo, los ojos más halagados de Dios, risa falsa, tus grititos cada vez más fuertes y agudos, nunca fui tan feliz, tu caca no me da asco, nunca amé tanto a alguien, y en tu detrás y en cada rincón quedate tranquila que estoy yo, tu madre más judía que nunca”.


Yo


Convertida más en madre que en mí misma, pá qué te voy a mentir, y encima el miedo de perder en cada latido, con el humo que me roza de costado, que me tienta, con la comida, el pueblo, las compras, (porque acá la carne es mejor y allá el tomate es más rojo), la sopa de verduras natural, la falta de calditos, esa voz que dice “señora hay que comprar líquido para los muebles de madera” que me deja imaginar una morena que me limpia la casa y hace disparar los corazones de los policías y obreros de mi barrio. El teléfono, el jardín de infantes, el jardinero, el sodero, la depiladora, el diarero, el pediatra, los chiches, la familia política, la batalla del movimiento, los hermanos elegidos, las comidas, los eventos, los globos, los vestidos blancos, las cien películas no vistas, todo lo que ya no se fuma, las tres horas de pre-jardín. Y en el medio la tele que incluso apagada muestra a un tipo macabro que se sigue metiendo alfajores en la boca para burlarse de la gente. “En casa no se ve esa mierda”, dice la voz cerrada del nuevo jefe de hogar. No, en casa nada de mierda, por eso el baño clausurado.

Las amigas que recomiendan salir de casa. Las solteras que no entienden. Las casadas con las que las quejas se convierten en canciones y llantos. Nosotras, ellas, las nuevas y las viejas tan pero tan joviales y salidoras. Consejos al por mayor, pasen y vean, es todo carísimo. Alumnos y profesores, una psicóloga, enseñar y ser bien enseñada y mal aprendida. Mis novelas inéditas, las que todavía no sé que voy a escribir. Las demandas de la abuela generosa. El futuro de heredera. Él en su silencio. Menor cantidad de deseo. Me arreglo para su llegada. Me pinto los ojos a la noche. Me pongo perfume. Pido que me saquen a pasear y me compren chocolates. Las obligaciones sociales, el no parar, el uno dos y tres. Y ahora respiren profundo y vayan abriendo los ojos porque la clase terminó.


Y sí viste, ser mamá te cambia la vida, sobre todo las prioridades y la sensibilidad. ¿Yo?, ya tres días de la madre, gracias, y también navidades felices siempre excesivas mereciendo la nunca suficiente gratitud. Y riendo a carcajadas pienso en las preguntas que ya no podré hacerle a mi madre, las que no quiero que me conteste mi padre, los interrogantes, el dolor que mata y quema desde la garganta hasta los riñones. La felicidad que cura. Los cumpleaños infantiles, presupuesto de sonrisas y juguetes. Las enfermedades, los problemas de adultos que tenemos nosotros los niños. Pocos secretos, amor por mi hombre, dudas y muchas más ganas que concreciones. La alianza que beso a diario de aquel casamiento que pasó hace mil años, un viernes. La gente que pregunta “¿y el segundo para cuando?”, y vos que querés pensar que te hablan de un televisor.


Mi hoy feliz, mi soledad, mi maternidad, mi matrimonio, mi no casa, la velas nuevas que no me compro, el sueño de un verdadero cuarto de la nena recién pintado y yo que desde ahora te doy mi palabra: nunca más voy a ir al velorio con un muerto a la vista tan amarillo. No deseo encontrarme más con mi entonces y mi alerta y una banda de tíos y primos con sus caras deformadas por el tiempo y el alcohol. La inmensa hipocresía que quizás no lo es tanto porque al fin y al cabo, pienso, cada uno hace lo que puede con su vida.


Pero por suerte casi siempre hay alguien que tiene mi mejor cara y que se apiada de mí alguna noche y me entrega mi nombre escrito con linda letra sobre un cuaderno rayado. Yo lo leo una y otra vez conmovida por el milagro: es el mismo mi nombre, mi puente, mi arroyo, mi línea, mi familia, SOY YO. Una denominación femenina, tácita, circular, dibujada en perfecto español con trazo abierto, compuesto y tan lagrimal como pueda ser posible. Y el alguien poniendo voz de abuelo o de madre que me pregunta: “Macarenita querida, ¿cómo estás?”, sin esperar, por suerte divina, ninguna respuesta.



Macarena
30 de Noviembre de 2007

Wednesday, November 07, 2007

Yo no sé si es la vida misma
o qué
lo que me da placer.

Ese placer inmediato
e instantáneo
“Placer puro placer”.

Y a la vuelta,
más placer...

Ojo que otras veces no es así y tengo que andar cubriéndome la cabeza
escapando de tantos cosos feos que me erizan y me duelen.

Pero hoy no. Hoy placer.

Placer de la mañana y el lápiz y el mate que me tiñe los dientes de verde para convertirme en monstruo. Y el orden hogareño. Y las dudas de siempre (también verdes).

Wednesday, October 03, 2007

VIOLETISMOS



El primero: La chiquita me roba un portacosméticos y extrae del mismo un protector diario, un Carefree para ser más exactos. Lo abre, le quita la banda autoadhesiva, viene a mí sujetando el elemento con actitud de entrega, y me dice: "Tomá, mamita, conchi".

El segundo: Estamos viendo "Babe, el chanchito valiente" y en una parte el matrimonio de granjeros discute con un tono de voz algo elevado. Mirando concentradísima niega con la cabeza y dice: "Mamita mejor, papito mejor".

El tercero: Diego y yo salimos solos el sábado a la noche y la pequeña quedó en casa al cuidado de la tía "Limón", tal cómo la nombra. A la mañana escucho su vocecita y voy a su encuentro. -Hola, Viole, vino mamita-, y ella, enojada por nuestra terrible actitud de haber osado divertirnos sin su presencia, señalando a Limón me dice: "No. Mamita ésta".

Besos al mundo lector y uno muy especial a Don Sergio Ariel Beker con quien quisiera establecer una comunicación más directa ni bien sea posible.

Besos, la madre de Violeta...