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Friday, February 15, 2008

Me plancho el pelo intentando algo. Me meto el índice bien adentro de la nariz jugando a rascarme la cabeza desde adentro. Frustración. Gestos veloces. Actos mínimos. Y la tristeza que pelea con mi tiempo. Juegan al dominó y después a la rayuela para después matarse, tirarse de los pelos y hacerse crujir los dedos. El ruido es horrible, seco, violento, y sólo yo puedo escucharlo.

Mis piernas también pelean contra algo, creo que nos les gusta pertenecerme. El mate es quizás lo que mejor me hace después del amor tan escurridizo.

Últimamente soy yo la que da, la que debe entregarse al otro sin cuestionar. Me convierto en respaldo y abro y cierro los ojos cada vez más agotados. Exijo sin gritar una paz que nunca llega. “Esto es ser adulto”, pienso a diario, pero el consuelo tampoco es lo mío. Y así es como algunos días me duermo pensando que soy en los otros y que por eso, muchas veces, los otros no me ven.

Y uno nunca es lo suficientemente víctima como para quejarse. Uno nunca es tanto ni tan poco. Uno es algo, un ser, un uno, individual, conflictivo, confuso, verdadero. No queremos adjudicarle al mundo el poder de convertirnos en “alguien” pero lo hacemos olvidando que antes de dejar nuestro mejor parte en manos desconocidas ya éramos todo lo que podíamos ser:

El debate entre la herencia cultural y las costumbres elegidas.
La búsqueda de una fe única que termina pareciéndose a todas.
La capacidad de sorpresa ante el milagro de la vida.
El dolor como punto de partida hacia el cambio genuino.
La aprehensión a lo violento.
El gusto por lo genuino.
La dificultad para mimetizarnos con el arte.


Me ahorco con los lazos familiares porque no puedo lucirlos en un peinado. Vuelvo al pelo, a la cara, a los ojos que son los que más cambian. Y ahora soy yo la que juega al elástico en el patio inmenso del colegio. Visto de azul y ya tengo bien marcadas mis ojeras. Es invierno y sé que mi mamá va a venir a buscarme metida dentro de su saco de piel largo hasta los tobillos. Sólo ella en todo el mundo puede llevarlo tan bien un martes al mediodía. Caminamos las cinco cuadras y nos llenamos la nariz -como recompensa al entrar a La Casa- de un inmejorable aroma a hamburguesas caseras y salsa blanca con choclo. Vemos la tele, charlamos, y me siento a jugar donde siempre. Sí, soy yo, me veo, lo sé, me reconozco, ahí estoy. Tengo ganas de advertirme que no crezca, que me quede ahí, petrificada, con una barby en una mano y el lapicito en la otra, pero no me lo digo. No me digo nada. Me observo en silencio recordándolos a ellos, a ellos dos, a la nena esa de ojos caprichosos y a él con sus silencios y distancias. Ellos dos no son lo único que vale la pena pero sí son el mayor exponente de mis razones que mi corazón, desde ya, jamás entenderá.

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